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Buscar y encontrar

Publicado por Timothy Archer - may. 06, 2011 | categorías Dios

Querían que fuera un logro monumental. Hace miles de años, un grupo de hombres decidió unirse y construir una ciudad, una gran ciudad con una torre que roscararía el cielo. Su plan era hacerse un nombre, dejar una huella imborrable sobre el mundo.

Trabajando juntos, creían que podrían hacer lo que fuera. Inteligencia humana. Tecnología humana. Logros humanos. Cosas que permitirían que tuvieran prosperidad y que fueran reconocidos para siempre.

Era el plan humano. Pero no era el plan divino. Dios quería que dependieran de El, no que se apoyaran los unos en los otros.

Entonces Dios hizo que hablaran idiomas distintos, lo cual les llevó a dispersarse y formar naciones según sus idiomas. La ciudad se llamó Babel, lo cual suena como la palabra hebrea “confundido.”

Por muchos años, yo leía esta historia y solamente veía el castigo de Dios, un acto casi caprichoso de celos e ira. Luego alguien me señaló un pasaje del Nuevo Testamento, donde Pablo hablaba con un grupo de eruditos griegos en Atenas. Pablo les dijo:

De un solo hombre hizo él todas las naciones, para que vivan en toda la tierra; y les ha señalado el tiempo y el lugar en que deben vivir, para que busquen a Dios, y quizá, como a tientas, puedan encontrarlo, aunque en verdad Dios no está lejos de cada uno de nosotros. (Hechos 17:26-27).

Dios hizo esto para que los hombres le buscaran, en vez de buscar su propia gloria. Lo hizo para que intentaran hallarlo, en vez de depender los unos de los otros. Dios hizo lo que hizo en Babel para que los hombres lo encontraran.

Es interesante notar que no sabemos los nombres de estos constructores de Babel. No se registraron. Pero en el capítulo que sigue en el libro Génesis, encontramos a un hombre que no construyó ninguna ciudad ni ninguna torre, un hombre cuya construcción se limitaba a la construcción de altares. Dios se acercó a él y le dijo: “Engrandeceré tu nombre.” Lo que buscaban los de Babel, lo recibió un hombre humilde.

Ese hombre era Abraham, por supuesto, padre de tres religiones mundiales: el judaísmo, el islam y el cristianismo.

Hoy en día, tenemos a personas que buscan ser conocidas y recordadas. Tenemos a personas que buscan depender de la sabiduría humana y los logros humanos. Y todavía tenemos a un Dios que quiere que los busquemos y que lo encontremos. Por medio de El, seremos conocidos y reconocidos para siempre.


La paz

Publicado por Timothy Archer - jul. 16, 2010 | categorías Paz

paisaje tranquilizadorLa paz. En un sentido general, es la ausencia de conflicto. A nivel personal, puede significar muchas cosas…

La paz puede ser poder pagar todas las cuentas.

La paz puede ser terminar aquel proyecto en el trabajo.

La paz puede ser llegar a casa al final del día.

La paz puede ser pasar una noche sin pelearse con su cónyuge.

La paz puede ser no escuchar disparos en la oscuridad.

Cuando los judíos se saludan, dicen “shalom.” Paz. En árabe, el saludo es “salam,” con el mismo significado. En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo solía usar la frase “gracia y paz” en el comienzo de sus cartas. La paz es algo que deseamos tener y debemos desear lo mismo para los demás.

¿Y la paz con Dios? Para algunos, es un concepto muy abstracto. Tal vez nunca buscamos tener una relación con Dios. O lo intentamos, pero nos sentíamos indignos.

Algunos de nosotros nos sentíamos bien con Dios, pero ahora tenemos dudas. No tenemos el mismo sentimiento. Tal vez sea por algún pecado que se interpuso, algún pecado grande que nos dejó con una culpa duradera. O tal vez nos decepcionamos con Dios, creyendo que Dios nos falló en varias ocasiones. O puede ser que nos hayamos enfriado, sin olvidarnos de Dios, pero alejándonos de Su presencia.

Todo eso nos roba la paz. Para vencer tales sentimientos, tenemos que dejar de fijarnos en nosotros mismos. Tenemos que reconocer que no podemos merecer la salvación, no podemos ser “lo suficiente buenos” para Dios. Tenemos que fijarnos en Jesucristo y lo que El hizo para hacernos “buenos.”

Pablo escribió a los cristianos romanos: “Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 5:1) La paz con Dios se logra por confiar en Cristo, confiar en Su amor y Su compasión para con nosotros. Cuando nuestra fe nos llevó a entregarnos a El en el bautismo, entramos en una relación con El que nos dará la paz que solamente Dios puede dar. No se trata de nosotros… se trata de Cristo y lo que El hizo por nosotros.

Si no siente tener paz con Dios, puede ser que esté fijándose en Ud. mismo. Tal vez esté intentando ganar la salvación por hacer buenas obras. Es hora de confiar en Cristo y Su poder de salvar. Solamente El puede ponerte en paz con Dios.

Gracia y paz,
Timothy


Las Piedras

Publicado por Timothy Archer - oct. 28, 2009 | categorías Perdón

Arrastraton la mujer al templo. ¡Pescada en el mismo acto de adulterio! Hicieron oídos sordos a sus ruegos; no habría misericordia. A este grupo no les interesaba la compasión ni la justicia. (¿Dónde estaba el hombre con quién ella había estado? La Ley condenaba a los dos) Esta mujer era nada más que una ficha en un juego político, una herramienta útil para atrapar a ese maestro problemático llamado Jesús de Nazaret.

“Nuestra ley dice que esta mujer debe ser apedreada. ¿Qué dices tú?” le preguntaron a Jesús, tirando la mujer a sus pies. ¿Se atrevería este amigo de los pecadores decir que la Ley debería ser ignorada, que la mujer debería ser libertada? Si contestara así, los líderes de los judíos podrían denunciarlo como hereje.

¿O les daría luz verde Jesús para matar a esta mujer? Si lo hiciera, podrían denunciarlo ante los romanos, pues ellos no les daba a los judíos el derecho de ejercer la pena de muerte. Era la trampa perfecta.

Se enfuercían al ver que Jesús negaba responder. En vez de contestarles, dibujaba en el suelo con su dedo. “¡Respóndenos! ¡Contesta la pregunta!” insistía la multitud.

Jesús se levantó la vista, mirándoles los ojos y dijo, “Bueno. Apedréenla. Pero que la primera piedra sea tirada por aquel entre Uds. que no tiene pecado.” Con esas palabras, los acusadores se convirtieron en acusados. La trampa que habían puesto para Jesús funcionó al revés. Uno por uno, se fueron, cada uno estando bien consciente de su propio pecado.

Jesús se quedó a solas con la mujer y preguntó “¿No hay quién te condene?”

“No,” ella respondió.

“Yo tampoco te condeno. Vete, dejando tu vida de pecado.” (Juan 8:1-11)

Ojalá que estuviera Cristo aquí para frenarme cuando estoy parado con una piedra en la mano. Para recordarme que soy tan pecador como cualquier otra persona. Ojalá que estuviera aquí para defender a los que son atacados y menospreciados por los errores que han cometido. Ojalá que estuviera para decir, “Está bien, tíldalo de pecador… si nunca cometiste ningún pecado.”

Los seguidores de Jesús necesitamos defender a los que se han equivocado, los que han sido encontrado en pecado. Tenemos que decirles: “Pare. Cambie. Deje su vida de pecado.” Pero también necesitamos decirles: “Yo también soy pecador. Necesito la gracia de Dios tanto como usted.”

La iglesia debe ser un refugio, una comunidad de pecadores cubiertos por la gracia de Dios, una collección de luchadores que buscan vencer al pecado. No debe ser un club de tiradores de piedras.

Si le han tirado piedras a usted, quiero que sepa que eso pasó sin la autorización de Cristo. Vuelva. Intente otra vez. Hay buenas personas que buscan vivir como Jesús que quieren aceptarlo, amarlo y ayudarlo a cambiar. Jesús no quiere condenar; quiere salvar. Sus seguidores deben buscar lo mismo.


¿Me equivoqué en algo?

Publicado por Timothy Archer - jun. 02, 2009 | categorías Paz

trámitesA mí, no me gusta pagar impuestos. Sobre todo aquí en Estados Unidos. Nuestro código impositivo se ha vuelto muy complicado. En 1913, el código consistía de 400 páginas. En 2008, el código había llegado a 67 mil páginas; las instrucciones para el formulario básico ocupaban 155 páginas. Existe una industria entera de preparación de impuestos. Por eso, al hacer las declaraciones de impuestos cada año, la mayoría sentimos alguna ansiedad: ¿me equivoqué en algo?

Algunas personas se sienten así en cuanto a Dios. ¿Me equivoqué en algo? ¿Hice reparaciones por todas las cosas malas que hice? ¿Hice suficientes cosas buenas? ¿Pensé lo correcto, fui a los lugares indicados, dije todas las palabras necesarias? Aunque la Biblia no es tan larga como el código impositivo, las consecuencias de equivocarnos puede llenar nuestros corazones con miedo.

Si te sientes nervioso al pensar en estar frente de Dios en el Día de Juicio, quizás te sorprenden estas palabras del apóstol Pablo: “Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 5:1)
¿Paz? ¿Paz con Dios? ¿Cómo podemos tener paz con Dios cuando tenemos que preocuparnos constantemente en cuanto a hacer todo exactamente bien? La respuesta sencilla es: no podemos hacerlo. Si estar bien con Dios depende de nosotros y lo que hemos hecho, nunca tendremos paz. Pero mira la primera parte de lo que dice Pablo: “Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe” Podemos tener paz con Dios porque nuestro futuro no depende de hacer todo perfectamente bien. Al escribir a la iglesia de Efeso, Pablo escribió: “Pues por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada;” (Efesios 2:8-9). No se trata de lo que hemos hecho nosotros; es cuestión de ser salvos por la fe en el don que Dios nos ofrece.

Dios quiere que respondamos con fe, comprometiéndonos a cambiar nuestras vidas, lavando nuestros pecados en el bautismo. Pero nada de eso se hace como obra, nada de eso es para ganar la salvación. La salvación es un don gratuito que Dios nos da, y podemos estar seguros que Dios quiere darnos ese don. Podemos preocuparnos en el momento de hacer los impuestos, pero cuando de estar bien con Dios se trata, debemos sentir paz.


Enojado por el Exito

Publicado por Timothy Archer - may. 28, 2008 | categorías Gracia, misericordia

Algunos predicadores en la Biblia no se considerarían exitosos según los modelos de hoy. Hombres como Noé, que predicaba y predicaba pero nunca convirtió a nadie. Hombres como Elías, que llegaba a pocos y vivió sin conocer a los que Dios había convertido.

Luego están los hombres como Jonás. Jonás fue a la ciudad pagana de Nínive y predicó allí. Con valor proclamó el mensaje de Dios de que Nínive estaba a punto de ser destruída por sus pecados. Cuando estos paganos, estos enemigos del pueblo de Dios, estos idólatras, escucharon el mensaje de Jonás, creyeron. No sólo creyeron, sino que respondieron de tal manera que Dios cambió de parecer en cuanto al castigo que había pronunciado sobre esa ciudad. El rey mismo lideró un reavivamiento, ordenando que la población de mas de 100,000 personas en Nínive participaran en un ayuno al Señor.
Entonces, ¿cómo reaccionó Jonás ante este gran éxito? ¿Abrazó cálidamente a sus nuevos hermanos, gozándose en el calor de la nueva religión de ellos? No. Cuando Jonás vio que Dios no había destruido a Nínive, se enojó. “Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.” (Jonás 4:1-3) ¡Estaba tan enojado que Dios no haya destruido a esta gente, que le pidió a Dios que lo destruyera a él! Parece que lo que más le importaba era que había pasado por tonto. Había pronunciado destrucción pero esto no había sucedido. Y pero aún, se había perdido el placer de observar cómo Dios destruía a sus enemigos.

Pero Jonás no perdió las esperanzas. Quizás este Dios de amor, de perdón, aún haría llover azufre sobre la ciudad. “Y salió Jonás de la ciudad, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad. Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás para que hiciese sombra sobre su cabeza, y le librase de su malestar; y Jonás se alegró grandemente por la calabacera. Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera, y se secó. Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida.” Jonás 4:5-8) El buen Jonás otra vez pide morir. Esta vez está molesto porque su sombra maravillosa le había sido quitada.

Aunque podemos comprender esta sensación en esta época del año, creo que podemos decir que Jonás está reaccionando exageradamente. Y Dios le dice esto. “Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte. Y dijo Jehová: Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?” (Jonás 4:9-11) Dios le dice que así como Jonás se preocupó por la planta, Dios tiene derecho de preocuparse por estas personas a quién El creó.

La Biblia nos dice que Dios quiere salvar a todos (1 Timoteo 2:4). De hecho, El amó tanto al mundo que Dios a Su único Hijo para salvarlo (Juan 3:16). Lo que tengo que preguntarme a veces es si amo al mundo así. ¿Me importan los perdidos? Cuando veo a gente a mi alrededor que están lejos de Dios, ¿me duele? ¿O soy como Jonás, y sólo quiero que Dios se ocupe de mí y de los que son como yo?
Jonás estaba enojado porque Dios es un Dios de amor y perdón. Pero en Su esencia, en el centro de Su ser, ese es Dios. Como escribió el salmista, “Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo.” (Salmo 103:13-14) Dios nos sorprenderá una y otra vez con Su amor y Su misericordia. Así es El. El mismo Salmo dice: “Misericordioso y clemente es Jehová; Lento para la ira, y grande en misericordia. No contenderá para siempre, Ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.” (8-10)

Reaccionemos ante la misericordia y el perdón de Dios con alabanza y acción de gracias. No nos resintamos ante la gracia que muestra a otros, porque es por esta gracia que tenemos la esperanza de salvación.

Gracia y paz,
Timothy Archer


Cambiar el Pasado

Publicado por Timothy Archer - abr. 08, 2008 | categorías Gracia, Perdón

tiempoAlfredo se había dedicado a la ciencia de la guerra. Un científico e inventor talentoso, estudiaba las formas de crear mejores armas. Especialista en explosivos, había creado la dinamita. Se podría creer que le gustaba la guerra, pero la verdad es otra. Creía que si pudiera perfeccionar los instrumentos de guerra, sería imposible para los hombres pelearse. Dijo una vez, “Mi dinamita nos llevará a la paz más pronto que mil convenciones mundiales. Cuando los hombres ven que en un instante se pueden destruir ejércitos enteros, morarán en paz dorada.”

La primera guerra mundial hizo pedazos los sueños de paz. La dinamita y otras inventos de Alfredo fueron usados para matar más gente, más rápidamente. Pero Alfredo no dejó su esfuerzos por lograr la paz.

Un día se levantó Alfredo para encontrar en el diario el relato de su muerte. Por error, un diario francés había publicado el anuncio de la muerte de Alfredo. Fue una sensación terrible para este amante de la paz ver que el diario lo llamaba “El Comerciante de la Muerte,” describiéndolo como el responsable por miles de muertes. Alfredo no quería ser recordado así. Decidió dedicar los últimos años de su vida a crear una fundación que otorgaría premios anuales de química, física, medicina y literatura. Hoy si hablamos de Alfredo Nobel, son pocos lo que lo llaman “El Comerciante de la Muerte” o conectar su nombre con la dinamita. Nosotros pensamos en los premios Nobel, sobre todo el premio de la paz.

Quizás no podamos cambiar nuestro legado tan dramáticamente, pero podemos hacer algo mejor. Podemos tomar nuestros errores pasados, nuestras vidas pasadas, nuestra culpa y nuestro remordimiento y borrar todo. Dios prometió separarnos de nuestros pecados tan lejos como el oriente del occidente (Salmo 103:12) … lo cual es bastante lejos. Dios nos verá como si nunca hubiéramos hecho nada malo. “Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.” (2 Corintios 5:17)

Deje que Dios cambie su pasado.


¿Quién No Quieres Que Se Salve?

Publicado por Timothy Archer - mar. 03, 2008 | categorías Gracia, salvación

señalar


¿Hay alguien que no quieres que se salve? ¿Existe alguien que no quieres que esté bien con Dios? Para Jonás sí había. Muchos nos recordamos de Jonás, cómo huyó de Dios y terminó siendo tragado por una gran pez. Pero a veces nos olvidamos de por qué Jonás huyó de Dios. Dios le había dicho que fuera a Níneve para predicar, para anunciar la destrucción de la ciudad. Nínive era la ciudad capital del imperio asirio, el país más poderoso del mundo. Eran enemigos de Jonás y sus compatriotas, los israelitas. Jonás no quiso ir, y por eso huyó.

Y ¿por qué no quiso ir? ¿Tenía miedo de los asirios? O ¿será que tenía miedo de fracasar? No. Jonás tenía miedo del éxito. Tenía miedo de que si anunciara a los ninivitas su próxima destrucción, ellos se arrepentiría y Dios los perdonaría. ¡Y eso es lo que pasó! Luego, la Biblia nos dice: “A Jonás le cayó muy mal lo que Dios había hecho, y se disgustó mucho. Así que oró al Señor, y le dijo: —Mira, Señor, esto es lo que yo decía que iba a pasar cuando aún me encontraba en mi tierra. Por eso quise huir de prisa a Tarsis, pues yo sé que tú eres un Dios tierno y compasivo, que no te enojas fácilmente, y que es tanto tu amor que anuncias un castigo y luego te arrepientes. Por eso, Señor, te ruego que me quites la vida. Más me vale morir que seguir viviendo.” (Jonás 4:1-3)

Jonás estaba enojado con Dios, tan enojado que quería morir. ¿Por qué? Porque Dios es un Dios misericordioso. Jonás no quería ver la salvación de sus enemigos, no quería quedar mal, anunciando algo que no sucedería.

Vuelvo a preguntar. ¿Hay alguien que no quieres que se salve? ¿Existe alguien que no quieres que esté bien con Dios? Quiero decirles que para Dios, no hay nadie así. Pablo escribió a Timoteo: “Ante todo recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias a Dios por toda la humanidad … Esto es bueno y agrada a Dios nuestro Salvador, pues él quiere que todos se salven y lleguen a conocer la verdad … Porque él se entregó a la muerte como rescate por la salvación de todos …” (1 Timoteo 2:1-6) Hay que orar por todos porque Dios quiere que todos se salvan. Por eso Cristo murió por la salvación de todos. Todos. Eso incluye al más depravado como al más piadoso. Incluye a los terroristas y los asesinos y los corruptos y … a todos. Dios quiere a todos y quiere que todos se salven.

Si Dios es así, ¿no debemos ser así también?


Confesiones de un perfeccionista

Publicado por Timothy Archer - ene. 25, 2008 | categorías Gracia, Jesucristo

blancoYo soy perfeccionista. Odio equivocarme. Cuando termino un proyecto, pocas veces estoy satisfecho. Siempre sé que lo podría mejorar. Siempre hay “una cosita más” que podría hacerse.

Una forma de soportar eso es decir “está suficientemente bien”. Podría dedicarle más tiempo y esfuerzo, pero esto es suficiente. “Suficiente” funciona para las cosas que no tienen importancia, ¿pero qué pasa con las cosas que sí importan? ¿Queremos que el cirujano se conforme con “suficientemente bien” cuando nos opera? ¿O qué el mecánico que revisa nuestro avión busca hacer “lo suficiente” en su trabajo?

Ese es el dilema que veo en mi vida. Quiero ser perfecto, pero no lo soy. A la vez, no quiero conformarme con “suficiente”. Quiero excelencia, pero me doy cuenta que no la alcanzo. Esa una lucha antigua. La única esperanza que encontré yo es el poder de Jesucristo. El puede ayudarme vivir como debo, y puede cubrir las fallas que cometo. Por medio de El y solamente por El puede este perfeccionista encontrar la paz. En Cristo, no tengo que ser perfecto. Jesús me hace perfecto. No solamente me dice lo que debo hacer; me ayuda hacerlo. Y cuando resisto e insisto en hacer las cosas a mi manera, El está ahí para perdonarme y arreglar mis errores.

Por fin encontré la perfección. Tengo que dejar de intentar ser perfecto por mi cuenta y dejar que Jesús me perfeccione. Fácil ¿no? Sé que algún día Cristo terminará su obra en mí y yo seré lo que siempre quise ser: perfecto.

Gracia y paz,
Timothy



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