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¿Caliente, frio o tibio?
Publicado por Timothy Archer - jun. 07, 2010 | categorías Pasión
La antigua ciudad de Laodicea tenía un problema con el agua. El problema era que no había agua. Por lo menos, no había dentro de la ciudad. Había aguas termales a unos 10 kilómetros, cerca de la ciudad de Hiérapolis. Esa agua no era potable y carecía de calor al transportarse a Laodicea. A más o menos la misma distancia, en dirección opuesta, se encontraban las manantiales de Denizli. Esa agua fresquita se entibiaba al llevarse a Laodicea por los acueductos, resultando ser una bebida desagradable. La única agua disponible era agua tibia.
Cuando Jesús se dirigió a los cristianos de esta ciudad, en el libro de Apocalipsis, usó un ejemplo que ellos entenderían muy bién: “Yo sé todo lo que haces. Sé que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero como eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apocalipsis 3:15-16) Es un imagen desagradable para describir una condición desagradable: cristianos sin pasión, que habían perdido su lealtad a Cristo.
Lamentablemente, el mundo ha visto muchos cristianos así. Mohandas Gandhi dijo: “Me gusta tu Cristo. No me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo.” Al agnóstico Sheldon Vanuaken escribió:
El mejor argumento para el cristianismo son los cristianos: su gozo, su certeza, su plenitud. Pero el argumento más fuerte en contra del cristianismo también son los cristianos—cuando son austeros y sombríos, cuando pretenden ser mejores que uno en su consagración, cuando son estrechos y reprimidos, entonces el cristianismo muere mil muertos.
Si Ud. no es cristiano y solamente ha visto el cristianismo tibio, le ruego que mire de nuevo. Hay cristianos que han vencido esta apatía perpetua. Saben que ser cristiano no se trata de asistir una reunión a cierta hora. Es una forma de vida. Como dijo Vanuaken, tales cristianos son el mejor argumento a favor del cristianismo.
Si Ud. es cristiano, pero se encuentra con una fe tibia, quiero animarle a que vuelva a lo básico. Dedíquese al estudio bíblico y la oración. Hágase miembro activo de alguna iglesia. Conéctese con Dios cada semana, tomando la Cena del Señor.
A nadie le gusta lo tibio. Nadie quiere estar tibio. Y nadie quiere que Jesús los vomite de su boca. Busquemos la pasión en nuestras vidas espirituales.
Palabras y palabras
Publicado por Timothy Archer - feb. 25, 2009 | categorías Bautismo, Vida nueva
Existen palabras “eclesiásticas.” Es decir, que solamente se usan en la iglesia, palabras como santificación, expiación, gracia, evangelismo, evangelio. Muchas veces ni los cristianos entienden de qué se tratan. Hay otras palabras que se utilizan de una forma dentro de la iglesia y otra fuera de ella.
Arrepentimiento es una palabra así. Cuando vemos lo que Dios quiere que hagamos para entrar en su familia, una de las cosas claves es el arrepentimiento. Tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados. Para poder arrepentirnos, tenemos que saber qué es.
Cuando era más joven, pensaba que el arrepentimiento era igual al remordimiento. Son conceptos relacionados, pero el arrepentimiento es más que remordimiento. Literalmente, “arrepentirse” significa dar la vuelta o cambiar el rumbo. Es la idea de estar caminando para un lado, dar un giro de 180 grados y caminar en la otra dirección. No es solamente sentirse mal por lo que uno ha hecho; es un cambio, un cambio de vida. Es un cambio de pensamiento que produce un cambio de vida.
En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo escribió a un grupo de nuevos cristianos y les dijo: “Ellos mismos hablan … de cómo ustedes abandonaron los ídolos y se volvieron al Dios vivo y verdadero para servirle” (1 Tesalonicenses 1:9) Eso es arrepentimiento. No es solamente dejar algo; es ir hacia otra cosa. Dejamos una vida para comenzar otra. Dejamos de buscar una meta y buscamos otra.
Pablo escribió a la iglesia en Roma: “Pues por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre.” (Romanos 6:4) Arrepentimiento y bautismo van juntos en la Biblia, por esa razón: en el bautismo, sepultamos nuestros seres viejos y salimos del agua con una vida nueva. Nacemos de nuevo, somos hechos nuevos. ¿Pero qué sentido tiene tener una vida nueva si va a ser exactamente como la anterior? ¿Para qué pasar por una sepultura si vamos a dejar que nuestro viejo hombre siga viviendo? La idea es que nos acerquemos a Jesús con fe, dejando nuestra vida vieja, sepultándola en agua, para comenzar de nuevo. Pero esta vez, en vez de alejarnos de Dios, vivimos una vida que nos lleva más cerca de Dios.
Aunque sea algo “eclesiástica,” arrepentimiento es una palabra buena. Nos ayuda entender lo que necesitamos hacer para acercarnos a Dios. Tenemos que dejar nuestra vida vieja y comenzar una nueva, por nuestra fe en Jesús. Si no lo has hecho, si no enterraste tu vida vieja en las aguas del bautismo para comenzar una nueva vida en Cristo, quiero ponerte en contacto con alguien que te ayudará hacerlo.
Gracia y paz,
Timothy Archer
La Vida
Publicado por Timothy Archer - abr. 22, 2008 | categorías Fe, Vida eterna
Jim Eliot había decidido ir a Ecuador como misionero, llevando el evangelio a los indígenas que nunca habían escuchado de Jesucristo. Desafortunadamente perdió su vida en este esfuerzo, asesinado por los mismos indios a quienes quería enseñar. Sin embargo, más tarde su viuda, Elisabeth, pudo ir a esos mismos aborígenes y enseñarles de Jesús.
Años antes de ir a Ecuador, Jim había escrito en su diario unas palabras intrigantes: “No es ningún tonto el que da lo que no puede retener para ganar lo que no puede perder. ”Si lo piensas, es un dicho con mucho poder. No es tonto renunciar a esta vida (que no podemos retener) para ganar la que no podemos perder (la vida eterna). Lo que tengamos que hacer en esta vida para obtener la vida eterna ciertamente vale la pena.
Jesús lo afirmó en términos más fuertes. No sólo no es tonto renunciar a esta vida para obtener la vida eterna, es necesario. Escucha cómo Lucas lo explica: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará. Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?” (Lucas 9:23-25). Jesús dijo que la única manera de salvar nuestra vida es perdiéndola. Es decir, la única manera de obtener la vida eterna es soltando esta vida.
Jesús describe este proceso como “cargar la cruz.” En el primer siglo, cuando un hombre cargaba una cruz, iba en camino a su propia ejecución. Los romanos obligaban a los condenados a llevar su propia cruz hasta el lugar de crucifixión. Un hombre llevando una cruz era un “hombre muerto caminando.”
El apóstol Pablo escribió: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). En otra carta, escribió: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más exce-lente y eterno peso de gloria;” (2 Corintios 4:17). Lo que está diciendo es que cualquier sufrimiento que pasemos en esta vida no es nada comparado con una eternidad en la presencia de Dios. Piensa en esto. ¿Qué tal si pudiéramos trazar una línea extendida por toda la eternidad? (Obviamente imposible, pero usa tu imaginación). En esa línea sin fin, ¿cuánto espacio dedicaríamos a nuestra vida en la tierra? Si dibujáramos el punto más ínfimo, un simple punto en esa línea, sería demasiado grande. Esta vida no es nada comparada con la que viene.
Desafortunadamente, estamos abrumados por lo que vemos y sentimos a nuestro alrededor. Hay un dicho en Argentina: “Mas vale malo conocido que bueno por conocer.” Conocemos esta vida y nos es familiar. Parece ser la vida verdadera; una vida eterna parece una fantasía. Esta vida y las cosas de este mundo nos pueden dominar tanto que podemos olvidarnos que esta vida no es nada comparada con la que viene. Alguien escribió una parábola para ilustrar esto:
Había una vez unos mellizos concebidos en el mismo vientre. Pasaron las semanas y se iban desarrollando. Al ir creciendo en conciencia, reían de gozo: “¿No es maravilloso que fuimos concebidos? ¿No es grandioso estar vivos?”
Juntos, los niños exploraron su mundo. Cuando encontraron el cordón umbilical que les daba la vida, cantaron felices: “Qué grande que es el amor de nuestra madre, que comparte su propia vida con nosotros!”
Al pasar los meses, notaron cuánto habían cambiado. “¿Qué significa esto?” preguntó uno. “Significa que nuestra estadía en este mundo se acaba,” dijo el otro. “Yo quiero quedarme aquí siempre, no me quiero ir,” dijo el primero. “No tenemos opción,” dijo el otro. “¡Pero quizás haya vida después del alumbramiento!”
“Pero, ¿cómo puede ser? Se nos caerá el cordón, y ¿cómo es posible la vida sin él? Además, hemos visto evidencia de que hubo otros aquí y ninguno ha regresado para decirnos para decirnos que hay vida después del nacimiento. No, este es el fin.”
Entonces aquel se deprimió diciendo, “Si la concepción, termina con el nacimiento, ¿cuál es el propósito de la vida en el vientre? No tiene significado. Quizás ni siquiera haya madre tampoco.” “Pero tiene que haber,” protestó el otro. “¿De qué otra manera llegamos aquí? ¿Cómo permanecemos vivos?
“¿Alguna vez has visto a nuestra madre?” dijo uno. “Quizás vive sólo en nuestras mentes. Quizás la inventamos, porque nos hacía sentir bien.
Y así los últimos días en el vientre fueron llenos de cuestionamientos y temor.
Finalmente llegó el momento del naci-miento. Cuando los mellizos pasaron de su mundo, abrieron sus ojos. Lloraron. Porque lo que vieron había excedido sus más grandes sueños.
Gracia y paz,
Timothy Archer
Un Espíritu Como Los de Berea
Publicado por Timothy Archer - abr. 18, 2008 | categorías Biblia, Fe
Quiero invitarte a tomar tiempo para leer los primeros 15 versos de Hechos 17. Vamos, yo espero. (No voy a citar el texto por cuestiones de espacio.)
Bueno, si realmente tomaste tiempo para leer el pasaje, sigamos. Si no, por favor léelo y después continuamos.
Pablo se halla en lo que se conoce como su segundo viaje misionero. Habiéndose separado de Bernabé, comenzó a visitar de nuevo algunas iglesias establecidas. En un sueño, Pablo tuvo una visión de un hombre de Macedonia que le pedía ayuda. Llegando a Tesalónica, Pablo va a la sinagoga, como era su costumbre, y predica a la gente allí. Disfrutando algo de éxito, pronto lo corren de la ciudad los judíos celosos de los que él convertía. Pablo usaba las escrituras y la razón para convencer a los hombres, pero sus opositores recurrían a la violencia y a la acción en grupo.
Entonces Pablo viaja 50 millas al oeste al pueblo de Berea. Tan corta distancia, pero tan distintas actitudes. Notemos lo que dicen las Escrituras: “Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Como lo dijo un escritor, Pablo había ido de matones a pensadores. Había encontrado a personas dispuestas a examinar sus creencias a la luz de las Escrituras.
Notemos, sin embargo, que los malhechores no han terminado. Al enterarse que Pablo predica en Berea, viajan esas 50 millas e incitan a los judíos para que Pablo deba irse una vez más. Es interesante que los matones a menudo pueden imponerse por el momento pero son los de espíritu noble cuyo trabajo permanece detrás de ellos.
Al leer la Biblia, por lo general me identifico con los buenos. Me puedo ver con los pocos que escuchaban en Tesalónica atraídos por las palabras de Pablo. Me puedo ver como un noble de Berea, recibiendo el mensaje y examinándolo con cuidado. Pero me debo detener y observarme con cuidado, usando el espejo de la palabra de Dios para verme más claramente.
Muy a menudo uso las Escrituras para señalar a otros. ¿Cuánta gente “innoble” veo, gente que parece tan poco dispuesta a abrir sus mentes a mi razonamiento de la Palabra de Dios? Los demás no ven las cosas a mi manera porque no están dispuestos a ver las cosas correctamente.
Pero como tantas veces, la Palabra de Dios me detiene. ¿Qué pasa si no soy nada noble? ¿Qué tal si soy yo el matón, el cerrado, el que no quiere escudriñar las Escrituras? Es tan fácil encasillar a la gente y no escuchar lo que tienen para decir. “Es sólo un ______-ista; no vale la pena escuchar sus argumentos.” Me encuentro mirando quién es el autor de un artículo para ver si vale la pena leerlo, en vez de escuchar lo que tiene para decir. Prefiero leer cosas con las que sé que voy a estar de acuerdo.
¿Qué haces con ideas nuevas? ¿Qué haces cuando alguien expresa algo que no está de acuerdo con lo que ya crees? ¿Te tapas los oídos o abres tu mente? Los judíos en Tesalónica ya sabían lo que creían y no necesitaban escuchar los argumentos de Pablo para saber que estaba equivocado. Ya habían escudriñado las Escrituras y no veían la necesidad de volver a hacerlo. Los de Berea no eran gente ignorante. Seguramente habían estudiado estas cosas antes. Sin embargo, cuando Pablo desafió su manera de pensar, no lo amenazaron con piedras. Abrieron sus Biblias y buscaron de nuevo.
Tenemos una opción. Podemos ser matones o pensadores, nobles o innobles. Podemos con gusto abrir nuestras Biblias para reexaminar cada una de nuestras creencias, o podemos atacar a cualquiera que nos desafíe a hacerlo.
Que Dios nos guíe a tener en nuestros corazones un espíritu como los de Berea, un deseo noble de encontrar la verdad, una devota disposición para escudriñar las Escrituras para decidir si las nuestras son sanas creencias o no.
Gracia y paz,
Timothy Archer
La sanidad verdadera
Publicado por Timothy Archer - abr. 03, 2008 | categorías Bautismo, Fe, Sanidad

Era domingo, 9 de marzo del 2008. Steve Ridgell y yo habíamos viajado a Cuba con los ministerios de Heraldo de la Verdad. Estábamos predicando en una reunión de la iglesia de Cristo en Matanzas. Utilicé el texto que había escogido de antemano, Marcos 2:1-12. La primera parte del texto describía la escena: “se juntó tanta gente que ni siquiera cabían frente a la puerta.” Había más de 400 personas cuando solamente había asientos para 300. Pero me sentía incómodo con otras partes del texto. Leía de la curación del paralítico, estando consciente de las personas en sillas de rueda en la parte de atrás. Me preguntaba cómo se sentían. Como hice en otros momentos al hablar de este pasaje, enfatizaba que Jesús ponía mucho más énfasis en perdonar los pecados de este hombre de lo que puso en sanarlo físicamente. Yo explicaba que nuestras necesidades físicas no pueden compararse con nuestras necesidades espirituales. Me preguntaba cómo recibirían mis palabras estas personas con necesidades físicas extraordinarias.
Después del sermón, uno de los hermanos cubanos extendió la invitación y nueve personas respondieron, listas para nacer de nuevo en las aguas del bautismo. Una persona me llamó la atención. Se acercaba en silla de ruedas, ayudada por una amiga tal como ese hombre de Marcos 2 fue ayudado por sus amigos. Estaba con suero. Le faltaba una pierna. Tenía grandes necesidades físicas.
Fue la primera en bautizarse. Esperé dentro del agua y alguien me la alcanzó. Ella profesó su fe en Jesús y yo la sumergí. Cuando salió del agua, nadie se fijo en su pierna. Todos miraron su cara. El gozo que se reflejaba ahí era algo que llamaba la atención. Gozo puro. No podía caminar. Todavía le faltaba la pierna. Seguía con sus enfermedades físicas. Pero sus pecados habían sido perdonados. Mi sermón en cuanto a la diferencia entre la sanidad física y la espiritual ya se olvidó. El sermón sin palabras que predicó esta mujer no se olvidará jamás. Ella lo vivió. Todos vieron que la sanidad física ya no importaba; ella había recibido sanidad espiritual. Fue curada en la manera que realmente tiene valor.
El Poder Para Cambiar
Publicado por Timothy Archer - feb. 22, 2008 | categorías Dios, Fe, Oración, Transformación
Norma venía a la iglesia algunos domingos, acompañada por sus seis hijos. Otros domingos alguien iba para visitarla a ella. Norma vivía en una”villa miseria” en la Argentina, donde viven los más humildes de los humildes. Esta villa se ubicaba al lado de un canal de irrigación en las afueras de la ciudad. Lo más que se alejaba del asfalto, lo más humilde que eran las casas. La casa de Norma era la última, básicamente unas chapas y algunos cartones arreglados para formar una casita.
Su marido, Fernando, era un hombre fuerte que bebía casi todo lo que ganaba. Al emborracharse, volvía a casa y golpeaba a Norma y los niños. Después de un tiempo, los hombres de nuestra iglesia decidieron intervenir. Nos reunimos para hablar de cómo sacar a Norma de esa situación. Pero durante la reunión, alguien sugirió que estábamos mirando la situación de una perspectiva equivocada. Hablábamos de Fernando como si fuera el enemigo, cuando la verdad es que él era víctima de nuestro enemigo—Satanás. Pasamos tiempo ese sábado por la noche orando por Fernando, orando que Dios le tocaría el corazón.
El día siguiente, domingo, cuando uno de los cristianos fue a visitar a Norma, Fernando salió a su encuentro. Se le caían las lágrimas. Rogaba que este hermano le ayudara a cambiar su vida. Dentro de poco, Fernando nació de nuevo en las aguas del bautismo, entregando su vida a Cristo. El cambio no era inmediato, pero Fernando comenzó a tratar de vivir de la forma indicada.
Me da vergüenza confesar que estábamos sorprendidos. No sé por qué lo estábamos. ¿No era exactamente lo que habíamos pedido en oración? Temo que a veces hablamos más allá de nuestra creencia, que oramos más allá de lo que pensamos que Dios hará. Pero la verdad es, Dios sigue tocando vidas. Sigue ayudando a las personas a realizar un cambio en sus vidas si ellas se lo permiten.
No todas las historias son tan dramáticas, pero el poder es el mismo. Dios quiere comenzar una obra en tu vida y continuarla hasta el final. Dios sigue cambiando vidas. Dios sigue tocando corazones. El quiere obrar en tu vida y las vidas de las personas que te rodean, las vidas de tus seres queridos.
Canciones en el Calabozo
Publicado por Timothy Archer - feb. 19, 2008 | categorías Agradecimiento, Fe
El apóstol Pablo estaba pasando por una mala racha. Todo comenzó cuando se peleó con su compañero de viaje, Bernabé. Bernabé era la persona que aceptó a Pablo en el principio cuando nadie en la iglesia confiaba en él. Era Bernabé que le invitó a trabajar con él en el ministerio. Y era Bernabé que le acompañó en su primer viaje de evangelización. Pero cuando Bernabé quiso llevar consigo a su primo Juan Marcos, muchacho que había abandonado al grupo antes, Pablo no estuvo de acuerdo. Discutieron tanto que terminaron separándose.
Luego Pablo quiso ir a predicar a la provincia de Asia. Dios se lo prohibió. Quiso ir a predicar a la provincia de Bitinia. Dios se lo prohibió. Luego es llamado en una visión para ir a Macedonia. Llega ahí, convierte a una sola mujer antes de ser arrestado. No solamente arrestado, sino golpeado con varas. No solamente arrestado y golpeado, sino metido en la parte más adentro de la cárcel, que habrá sido un lugar oscuro, lleno de humedad. Arrestado, golpeado, puesto en el lugar más feo … y le ponen en un cepo, obligándolo a estar con las piernas separadas al máximo.
Era una mala racha. La peor. Era uno de esos momentos cuando uno quiere abandonar todo. Pablo había sido llamado para ser evangelista, pero solamente había convertido a una sola persona en todo el viaje. Y era una mujer, que, en la sociedad de aquel entonces, no hubiera tenido mucha influencia, no hubiera tenido mucha posibilidad de hacer avanzar a la iglesia. Y bajo las normas del momento, era muy posible que muriera antes de poder predicar más.
Pablo había tocado fondo. Podría haber sentido que Dios lo había abandonado. Podría haber pensado que su vida había naufragado. Podría haber pensado muchas cosas. Pero ¿qué hizo? La Biblia dice que, junto con su compañero Silas, Pablo cantaba y oraba a Dios (De hecho, la Biblia dice que oraba a Dios mediante cantos). ¡Cantaban! ¿Cómo puede ser que una persona cante a Dios cuando todo en su vida anda mal? Entendemos cuando alguien está feliz y se pone a cantar, pero ¿cómo puede un hombre alabar a Dios cuando está en las peores circunstancias de su vida?
Pablo entendía que el sufrimiento es parte de la vida cristiana. Entendía que lo importante no era sí vivía o moría, no era si seguía predicando o se permanecía en la cárcel, lo importante era que estaba bien con Cristo. “Porque para mí, seguir viviendo es Cristo, y morir, una ganancia.” (Filipenses 1:21)
Solamente con una actitud así podemos elevar canciones de alabanza en cualquier circunstancia.
La obediencia de la fe
Publicado por Timothy Archer - feb. 15, 2008 | categorías Fe, Obediencia
Si digo que tengo fe en un médico ¿qué significa? ¿Que creo que su diploma es de verdad? ¿Que creo que se recibió en una universidad? ¿O estoy diciendo algo más? Digamos que yo vengo un día con dolor de la garganta. Le digo a Ud. que mi médico me dice que tengo placas en la garganta y que me recetó cierto medicamento. Proclamo mi fe en ese médico, hablando de sus bondades, pero cuando me pregunta Ud. si voy a tomar el medicamento, le contesto: “¿Para qué? No servirá de nada.” ¿Qué opinaría de la fe que tengo en ese médico?
La fe verdadera no es intelectual. La fe afecta la creencia y las acciones. Una fe que no actúa no es fe. O como dice la Biblia: “Así pasa con la fe: por sí sola, es decir, si no se demuestra con hechos, es una cosa muerta.” (Santiago 2:17) Si creemos de verdad en Dios, si realmente tenemos fe, haremos lo que El nos dice. Si nuestras vidas no son vidas de obediencia, tampoco son vidas de fe.
Para mí, la historia de Noé y el arca demuestra eso. Dios habló con Noé y le dijo que hiciera un barco grande, una arca, para salvarse a él y su familia. Noé creyó en Dios. ¿Cómo sabemos? Porque hizo el arca que Dios le dijo que hiciera. ¿Qué hubiera pasado si Noé se hubiera parado en una colina, proclamando su fe en Dios en vez de construir el arca? Yo creo que hubiera perecido. La fe que no se vive no es fe.
Jesucristo preguntó: ¿Por qué me dicen Señor, Señor, pero no hacen lo que les digo? (Lucas 6:46). Creer en Dios no es suficiente. Si esa creencia no nos lleva a hacer lo que El quiere, es un ejercicio intelectual. Y no es fe.
Necesitamos poner la fe en práctica. Fe se expresa en acciones. El cristianismo no son las opiniones que tenemos, es la vida que vivimos. El apóstol Pablo habla de “la obediencia de la fe” (Romanos 1:5). Si ha llegado a creer en Jesús, es el primer paso. Ahora debe convertir esa creencia en fe, aprendiendo lo que Jesús quiere y cumpliendo Su voluntad. Si tiene preguntas, hágalas. Juntos, podemos aprender a vivir la vida de fe.


