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Astillas del alma

Publicado por - Feb. 20, 2009 | categorías Confesión

niñoCuando yo era niño, odiaba las astillas. Tampoco me gustan ahora, pero, en aquel entonces, las odiaba por completo. No tanto por el dolor que causaban las astillas al instalarse en mi dedo, sino por lo que vendría después. Tendría que ir a mi mamá, recibir su pronóstico y escuchar las recomendaciones médicas. En el mejor de los casos, ella sacaría el invasor con unas pincitas. Pero en el peor de los casos, ella tendría que operar: sacar la astilla con una aguja. Ella era muy habilidosa y no me hacía doler, pero el mero hecho de verla acercarse con la aguja me causaba mucha angustia.

Una vez, un amigo me comentó que las astillas se salían solas si uno las dejaba estar. Todo niño de ocho años sabe que sus amigos son expertos en la medicina, así que intentó seguir el tratamiento recomendado la próxima vez que me clavé una espina. Desafortunadamente, no funcionó. Mi dedo se inflamaba más y más, y la extracción terminó siendo mucho más dolorosa de lo que hubiera sido.

El pecado es así. Es una astilla en nuestra alma. Cuando alguien hace alguna maldad, escucha una voz interna que le dice: “Déjala estar. Saldrá por sí sola.” Pero no funciona. Cuando ocultamos nuestros errores y cargamos con la culpa, crecen como una llaga. En la Biblia, en el libro de los Salmos, el escritor dice: “Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo iba decayendo por mi gemir de todo el día, pues de día y de noche tu mano pesaba sobre mí. Como flor marchita por el calor del verano, así me sentía decaer. Pero te confesé sin reservas mi pecado y mi maldad; decidí confesarte mis pecados, y tú, Señor, los perdonaste.” (Salmo 32:3-5)

No podemos ocultar nuestros errores. Tenemos que sacarlos a la luz o nos tormentarán siempre. Nuestra consciencia no tendrá descanso. Cuando vamos a Dios, buscando Su perdón, El lo otorga rápidamente. El quiere perdonar. Sabe que lo que más necesitamos es confesar nuestros pecados, sacándolos de nuestro ser, para poder sanarnos.

En su carta bíblica, Santiago dice: “Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes.” (Santiago 4:8) Acércate a Dios, muéstrale esa astilla, confesando el pecado que tanto te pesa. El quiere quitarte esa carga. Si no sabes acercarte a Dios, queremos ayudarte. Comunícate con nosotros.

Bendiciones, gracia y paz,
Timothy Archer



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