Hace poco, una amiga llegó a ser ciudadana de los Estados Unidos. Después de vivir en Texas por varios años, decidió hacerse ciudadana. Llenó los formularios, tomó los exámenes, juró lealtad, y, por supuesto, pagó las tarifas necesarias. Es un trámite complicado.
Yo hice lo mismo de una manera más simple: soy ciudadano por nacimiento. Ningún formulario, ni examen, ni juramento, ni tarifa. Lo único que hice fue nacer en el lugar indicado. Mis hijos me ganaron. Ellos nacieron como ciudadanos de dos países, Estados Unidos y Argentina. Dos muchachos, cuatro pasaportes.
No son los únicos con nacionalidad doble. Aunque no tenga el pasaporte para demostrarlo, soy ciudadano de otra jurisdicción. Soy ciudadano del reino de Dios. No soy ciudadano naturalizado; nací en ese reino. De hecho, no existen ciudadanos naturalizados en el reino de Dios.
Durante el ministerio público de Jesús, un hombre llamado Nicodemo vino a verlo. Mientras hablaban, Jesús le dijo: “Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:5) Hace falta un segundo nacimiento para llegar a ser ciudadano del reino de Dios, un nacimiento que incluye el agua y el Espíritu. El apóstol Pablo habló de este nuevo nacimiento cuando escribió: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.” (Romanos 6:4). Cuando un creyente en Jesús se bautiza, es sepultado bajo el agua y sale con una vida nueva. Es un nuevo nacimiento. Al escribirle a Tito, Pablo llamó este acto “el lavamiento de la regeneración y la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5). Regeneración… nueva vida… nacer de nuevo… es el mismo concepto.
Hace años nací en este mundo como ciudadano de los Estados Unidos. Unos 13 años después, nací una segunda vez al ser bautizado en agua, llegando a ser ciudadano del reino de Dios. Aunque no tengo pasaporte nuevo, esta segunda ciudadanía es tan real como la primera y mucho más importante. Cuando todos los pasaportes se habrán convertido en polvo, todavía tendré mi ciudadanía celestial.
Si Ud. quiere ser ciudadano del reino de Dios, no hay formularios para llenar, ni exámenes para rendir, ni dinero para pagar. No hay ciudadanos naturalizados en el reino de Dios. La única forma es nacer de nuevo, naciendo del agua y el Espíritu.
Gracia y paz,
Timothy
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Hace poco, mi señora viajó a la Argentina. Ese viaje nos hubiera costado más de lo que podríamos pagar, pero resultó ser muy accesible. Pudimos pagar el viaje con kilómetros que habíamos acumulado con otros viajes (viajo mucho por mi trabajo). En el lenguaje de las lineas aéreas, habíamos ganado un premio.
Es un concepto popular. Muchas empresas nos ofrecen incentivos sobre las compras que hacemos. Viajamos y ganamos un viaje gratis. Nos quedamos en un hotel y acumulamos puntos. Usamos una tarjeta de crédito y nos dan premios. Compramos flores, visitamos la ferretería, alquilamos videos, comemos pizza… hay muchas cosas que nos ofrecen incentivos.
A mí me gusta recibir premios. Pero veo un problema cuando entendemos a Dios de la misma manera. Si hacemos cosas buenas, creemos que Dios está obligado a recompensarnos. Mucha gente lo ve así. Asegúrate de hacer suficientes cosas buenas y tu futuro estará garantizado.
Dios no funciona así. No espera que nosotros ganemos el premio que tiene para nosotros. No hay nada que podamos hacer para obligarle a Dios a nada. Lo que El da, lo da por gracia, no por obligación. Lo que El ofrece, lo ofrece gratuitamente, no por un precio. No hay plan de incentivos para llegar al cielo. Todo depende de Dios. El apóstol Pablo escribió: “ Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9).
No existe ningún Plan de Oradores Frecuentes, ni Miembros Eclesiásticos Dorados. Solamente está Jesús y Su sacrificio. Por aceptar lo que El hizo con una fe obediente, recibimos el premio que El ganó. Ese sí que es un plan maravilloso.
Gracia y paz,
Timothy
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Algunos predicadores en la Biblia no se considerarían exitosos según los modelos de hoy. Hombres como Noé, que predicaba y predicaba pero nunca convirtió a nadie. Hombres como Elías, que llegaba a pocos y vivió sin conocer a los que Dios había convertido.
Luego están los hombres como Jonás. Jonás fue a la ciudad pagana de Nínive y predicó allí. Con valor proclamó el mensaje de Dios de que Nínive estaba a punto de ser destruída por sus pecados. Cuando estos paganos, estos enemigos del pueblo de Dios, estos idólatras, escucharon el mensaje de Jonás, creyeron. No sólo creyeron, sino que respondieron de tal manera que Dios cambió de parecer en cuanto al castigo que había pronunciado sobre esa ciudad. El rey mismo lideró un reavivamiento, ordenando que la población de mas de 100,000 personas en Nínive participaran en un ayuno al Señor.
Entonces, ¿cómo reaccionó Jonás ante este gran éxito? ¿Abrazó cálidamente a sus nuevos hermanos, gozándose en el calor de la nueva religión de ellos? No. Cuando Jonás vio que Dios no había destruido a Nínive, se enojó. “Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.” (Jonás 4:1-3) ¡Estaba tan enojado que Dios no haya destruido a esta gente, que le pidió a Dios que lo destruyera a él! Parece que lo que más le importaba era que había pasado por tonto. Había pronunciado destrucción pero esto no había sucedido. Y pero aún, se había perdido el placer de observar cómo Dios destruía a sus enemigos.
Pero Jonás no perdió las esperanzas. Quizás este Dios de amor, de perdón, aún haría llover azufre sobre la ciudad. “Y salió Jonás de la ciudad, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad. Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás para que hiciese sombra sobre su cabeza, y le librase de su malestar; y Jonás se alegró grandemente por la calabacera. Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera, y se secó. Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida.” Jonás 4:5-8) El buen Jonás otra vez pide morir. Esta vez está molesto porque su sombra maravillosa le había sido quitada.
Aunque podemos comprender esta sensación en esta época del año, creo que podemos decir que Jonás está reaccionando exageradamente. Y Dios le dice esto. “Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte. Y dijo Jehová: Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?” (Jonás 4:9-11) Dios le dice que así como Jonás se preocupó por la planta, Dios tiene derecho de preocuparse por estas personas a quién El creó.
La Biblia nos dice que Dios quiere salvar a todos (1 Timoteo 2:4). De hecho, El amó tanto al mundo que Dios a Su único Hijo para salvarlo (Juan 3:16). Lo que tengo que preguntarme a veces es si amo al mundo así. ¿Me importan los perdidos? Cuando veo a gente a mi alrededor que están lejos de Dios, ¿me duele? ¿O soy como Jonás, y sólo quiero que Dios se ocupe de mí y de los que son como yo?
Jonás estaba enojado porque Dios es un Dios de amor y perdón. Pero en Su esencia, en el centro de Su ser, ese es Dios. Como escribió el salmista, “Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo.” (Salmo 103:13-14) Dios nos sorprenderá una y otra vez con Su amor y Su misericordia. Así es El. El mismo Salmo dice: “Misericordioso y clemente es Jehová; Lento para la ira, y grande en misericordia. No contenderá para siempre, Ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.” (8-10)
Reaccionemos ante la misericordia y el perdón de Dios con alabanza y acción de gracias. No nos resintamos ante la gracia que muestra a otros, porque es por esta gracia que tenemos la esperanza de salvación.
Gracia y paz,
Timothy Archer
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En iglesias de habla inglesa en los siglos 17 y 18, hubo gran controversia en cuanto a qué cantar. Muchos pensaban que el hombre no tenía derecho de crear nuevas canciones, sino que las únicas que eran apropiadas para la adoración eran los salmos a los que se les había puesto música. (Aún tenemos algunos de estos salmos en nuestro himnario, aunque muy pocos). Otros pensaban que Dios les había dado el don de escribir nuevas canciones de adoración a las que llamaron himnos, y que estos himnos deberían ser cantados en la iglesia. ¡Algunas iglesias hasta se dividieron por esta discusión! El acuerdo al que otros llegaron fue cantar los salmos al principio del servicio y los himnos al final. De esa manera, los miembros que se oponían a estos nuevos “himnos” podían abstenerse de cantar o simplemente irse.
Isaac Watts fue el campeón en la escritura de himnos, un compositor prolífero que escribió más de 600 himnos. Algunos todavía cantamos hoy, como “Al Mundo Gozo Proclamad” y “La Cruz Excelsa Al Contemplar.” Uno de sus himnos más amados fue en realidad escrito como respuesta a las acciones de quienes rechazaban los himnos. Luego de observar a los “salmistas” rehusarse a participar en el canto de himnos, fue a casa y compuso una canción sólo para ellos, llamada “A Sión Caminamos.” Si lees con cuidado la letra de este himno, puedes detectar las palabras que Watts dirigía a sus oponentes:
Los que aman al Señor
eleven su loor,
que en dulces notas de loor,
que en dulces notas de loor,
ascienda a su mansión,
ascienda a su mansión.
Que callen los que a Dios
no anhelen conocer,
mas canten todos a una voz,
mas canten todos a una voz,
los hijos del gran Rey,
los hijos del gran Rey.
Como ves, las llamadas “batallas de adoración” no son nuevas. De hecho, si lees el Nuevo Testamento con cuidado, puedes detectar un poco de tensión en las iglesias en cuanto a distintos estilos. Cuando reúnes a seres humanos, encuentras diferencias. En 1 Timoteo 2:8, Pablo escribe a Timoteo las siguientes palabras:“Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda.” Tenemos que creer que los hombres tenían el hábito de hacer lo opuesto, de juntarse para orar pero usar ese tiempo para la ira y las contiendas. Si no tenemos cuidado, podemos terminar haciendo lo mismo. Somos distintos y tenemos distintos gustos. No impongamos nuestras preferencias sobre los que nos rodean.
Debemos ser sensibles con nuestros hermanos y hermanas y encontrar formas de ayudarlos a adorar mejor al Señor. Pero recordemos que esto tiene dos lados. De hecho, en lo que se refiere a cristianos maduros, solamente tiene un lado. Nunca debería estar “protegiendo mis propios intereses.” Siempre debería buscar lo mejor para mis hermanos y hermanas.
Nos reunamos y elevemos manos santas a Dios, sin ira ni contiendas. Adoremos al Señor en unidad y amor.
Gracia y paz,
Timothy Archer
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Cuando niños, a mis hijos les encantaban los videos. Veían las mismas películas infinitas veces. Por eso, yo también veía las mismas películas vez tras vez. No tantas veces como mis hijos, pero suficiente como para hartarme de cada película. Una favorita en nuestra casa era “El Rey León.” En la película, Simba, un cachorro que va a ser rey de los leones, presencia la muerte de su padre. Creyéndose responsable, Simba huye al desierto. Ahí lo rescatan dos animales que lo llevan a un oasis, salvándole la vida. Son insectivores, comiendo nada más que gusanos y otros bichos. Su mantra es “Hakuna Matata,” que en suajili quiere decir “No hay preocupaciones aquí.” Para ellos, la vida consistía en comer, bailar y cantar. No sentían ninguna responsabilidad hacia los demás.
Pero llega el momento cuando Simba tiene una visión de su padre muerto. El ex-rey tiene una sola palabra para su hijo: “Acuérdate.” El león jovencito había nacido para ser realeza, rey de las bestias, jefe de la manada de leones. Sin embargo, él se encontraba comiendo insectos y viviendo una vida egoísta. Su vida no era lo que debería ser.
Muchos de nosotros necesitamos recordar. Tenemos que recordar lo que debemos ser. Necesitamos recordar para qué nos hizo Dios. Dios puso en nosotros un sentido de propósito, de dignidad, un llamamiento superior. Necesitamos recordar.
Tal como Simba tenía que recordar de quien era hijo, necesitamos ver que Dios nos ha dado la oportunidad de ser Sus hijos. Podemos ser más que unos comebichos egoístas. Podemos ser realeza, hijos e hijas del Rey, hijos de Dios. Podemos formar parte de la familia de Dios. Podemos vivir vidas de dignidad, vidas con propósito. Hemos sido llamados a la grandeza. Solo tenemos que recordar quienes somos. Solo tenemos que recordar de quien podemos ser hijos.
Gracia y paz,
Timothy
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Has sido invitado a llegar a ser un miembro de la familia de Dios. Sé que suena extraño: seres humanos comunes entrando en una relación con el Dios que los creó. Sin embargo, eso es exactamente lo que Dios nos ha ofrecido. Vas a escuchar hablar de esto en distintas maneras: salvación, nacer de nuevo, venir a Jesús, hacerse cristiano, etc. Aunque muchos otros términos son apropiados, me identifico mejor con la idea de entrar en la familia de Dios.
Es que como ves, Dios es un Dios de relaciones. Fue él quien vino buscando al hombre, no viceversa. La Biblia nos dice que fue el amor lo que motivó a Dios a alcanzar al hombre. Fue Dios el primero en hacer el gesto de intentar reparar nuestra relación quebrada.
“Pues de tal manera amó Dios al mundo que Dios a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El crea no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:16)
¿Pero qué pasó con nuestra relación con Dios? ¿Por qué necesitaba ser arreglada? Si El nos creó, ¿por qué no podemos simplemente estar con El? Como yo lo veo, todo se resume en la naturaleza de Dios. Por ejemplo, Dios es luz, entonces la oscuridad no puede estar donde él está. Dios es verdad, entonces todo lo que no sea verdad está lejos de él. Dios es vida, entonces la muerte es alejada de su presencia. Y Dios es santo, Dios es puro, Dios no puede ser tocado por el mal. Entonces cualquiera que ha hecho algo malo no puede vivir con Dios. Y ya que todos nosotros hemos hecho mal, ya que todos hemos pecado (para usar el término apropiado), no calificamos para estar dentro de la familia de Dios.
“…por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios,” (Romanos 3:23)
¿Qué pasa si no entramos en una relación con Dios? Viene el día en que Dios separará para siempre a los que son suyos de los que no lo son. Los que estén con Dios disfrutarán de todo lo que El es: vida, luz, gozo, etc. Quienes han elegido no seguir a Dios no estarán con él y no tendrán ninguna de esas cosas. Un lugar sin Dios y sin las cosas que lo caracterizan será un lugar que sólo tendrá oscuridad, sufrimiento, y muerte.
Las manchas que deja el pecado duran toda la vida… Y más allá. Alguien que nunca ha pecado es el único que puede quitarlas. Es por eso que Dios envió a Su hijo Jesús. Jesús vino al mundo y vivió una vida sin pecado. Su muerte injusta nos abrió el camino para recibir el perdón de pecados. Su sangre inocente es capaz de lavar las manchas del pecado, haciendo posible que seamos santos como Dios, y que seamos adoptados en la familia de Dios. Estas son las buenas nuevas que Dios tiene para la humanidad: que a través de Jesucristo y su muerte, Dios ha provisto la manera por la cual la humanidad puede tener una plena relación con El.
“Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.” (1 Juan 3:5)
“…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7)
“…que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.” (2 Corintios 5:19)
La Biblia dice que cualquiera que cree en Jesucristo puede llegar a ser hijo de Dios. También nos dice que quienes creen en El pueden tener vida eterna. Obviamente esto significa mucho más que simplemente creer que Jesús existió; la clase de creencia que nos da esperanza implica creer que Jesús es quien dice ser y que él está permitiendo que sobre esa base nuestra vida tome forma.
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…” (Juan 1:12)
Esta clase de creencia se llama fe. La fe lleva a la acción. Yo puedo creer que un hombre es doctor, pero no tener fe en él. Pero si tengo fe en un doctor, entonces voy a seguir sus instrucciones. No me enorgullezco de hacer lo que el doctor me dice que haga, simplemente es un símbolo de la fe que tengo en él.
Yo pensaba que la fe era simplemente creer. Hay un famoso ejemplo en la Biblia que nos ayuda a entender más sobre la fe y la obediencia. Muchos han oído la historia de Noé y el arca, cómo Dios advirtió a Noé de un diluvio inminente y le dijo que construyera un gran bote, un arca, para salvarse a sí mismo, a su familia, y a ejemplares de cada especie de animal.
Dios salvó a Noé por su misericordia. Noé de ninguna manera se ganó su salvación. Fue salvo por su fe en Dios. Sin embargo, ¿lo hubiera salvado esa fe si no hubiera construido el arca? No. ¿Hubiera alguno sido salvo sólo por construir un gran bote, aunque no creyeran en Dios? No. Sólo la fe, una fe obediente, puede salvar.
“Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.” (Santiago 2:17)
Vemos en la Biblia que nuestra fe en Jesús nos llevará a hacer ciertas cosas. Abierta y públicamente confesaremos nuestra fe en él. Admitiremos nuestros pecados y haremos todo lo que podamos para no repetirlos (se hace referencia a esto como “arrepentimiento”). También seremos inmersos en agua, siendo bautizados, para simbolizar la sepultura de nuestra vida vieja y el comienzo de nuestra nueva vida como miembro de la familia de Dios.
“…que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” (Romanos 10:9)
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.” (Romanos 6:3-4)
Como miembros de la familia de Dios, se espera de nosotros que intentemos vivir de la manera que Dios quiere. El sabe que todavía cometeremos errores, y siempre está dispuesto a perdonarnos cuando lo hagamos. La familia de Dios no es perfecta para nada, pero se supone que debemos estar imitando a nuestro hermano mayor: Jesús. Puesto que El vivió una vida sin pecado, hacemos todo lo posible por eliminar el pecado de nuestra vida.
“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.” (1 Juan 3:1)
Espero que aprendas más en cuanto a la familia de Dios, lo que significa ser parte de su familia, y las cosas que necesitas hacer para ser adoptado en esa familia.
Que Dios te bendiga.
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Jim Eliot había decidido ir a Ecuador como misionero, llevando el evangelio a los indígenas que nunca habían escuchado de Jesucristo. Desafortunadamente perdió su vida en este esfuerzo, asesinado por los mismos indios a quienes quería enseñar. Sin embargo, más tarde su viuda, Elisabeth, pudo ir a esos mismos aborígenes y enseñarles de Jesús.
Años antes de ir a Ecuador, Jim había escrito en su diario unas palabras intrigantes: “No es ningún tonto el que da lo que no puede retener para ganar lo que no puede perder. ”Si lo piensas, es un dicho con mucho poder. No es tonto renunciar a esta vida (que no podemos retener) para ganar la que no podemos perder (la vida eterna). Lo que tengamos que hacer en esta vida para obtener la vida eterna ciertamente vale la pena.
Jesús lo afirmó en términos más fuertes. No sólo no es tonto renunciar a esta vida para obtener la vida eterna, es necesario. Escucha cómo Lucas lo explica: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará. Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?” (Lucas 9:23-25). Jesús dijo que la única manera de salvar nuestra vida es perdiéndola. Es decir, la única manera de obtener la vida eterna es soltando esta vida.
Jesús describe este proceso como “cargar la cruz.” En el primer siglo, cuando un hombre cargaba una cruz, iba en camino a su propia ejecución. Los romanos obligaban a los condenados a llevar su propia cruz hasta el lugar de crucifixión. Un hombre llevando una cruz era un “hombre muerto caminando.”
El apóstol Pablo escribió: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). En otra carta, escribió: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más exce-lente y eterno peso de gloria;” (2 Corintios 4:17). Lo que está diciendo es que cualquier sufrimiento que pasemos en esta vida no es nada comparado con una eternidad en la presencia de Dios. Piensa en esto. ¿Qué tal si pudiéramos trazar una línea extendida por toda la eternidad? (Obviamente imposible, pero usa tu imaginación). En esa línea sin fin, ¿cuánto espacio dedicaríamos a nuestra vida en la tierra? Si dibujáramos el punto más ínfimo, un simple punto en esa línea, sería demasiado grande. Esta vida no es nada comparada con la que viene.
Desafortunadamente, estamos abrumados por lo que vemos y sentimos a nuestro alrededor. Hay un dicho en Argentina: “Mas vale malo conocido que bueno por conocer.” Conocemos esta vida y nos es familiar. Parece ser la vida verdadera; una vida eterna parece una fantasía. Esta vida y las cosas de este mundo nos pueden dominar tanto que podemos olvidarnos que esta vida no es nada comparada con la que viene. Alguien escribió una parábola para ilustrar esto:
Había una vez unos mellizos concebidos en el mismo vientre. Pasaron las semanas y se iban desarrollando. Al ir creciendo en conciencia, reían de gozo: “¿No es maravilloso que fuimos concebidos? ¿No es grandioso estar vivos?”
Juntos, los niños exploraron su mundo. Cuando encontraron el cordón umbilical que les daba la vida, cantaron felices: “Qué grande que es el amor de nuestra madre, que comparte su propia vida con nosotros!”
Al pasar los meses, notaron cuánto habían cambiado. “¿Qué significa esto?” preguntó uno. “Significa que nuestra estadía en este mundo se acaba,” dijo el otro. “Yo quiero quedarme aquí siempre, no me quiero ir,” dijo el primero. “No tenemos opción,” dijo el otro. “¡Pero quizás haya vida después del alumbramiento!”
“Pero, ¿cómo puede ser? Se nos caerá el cordón, y ¿cómo es posible la vida sin él? Además, hemos visto evidencia de que hubo otros aquí y ninguno ha regresado para decirnos para decirnos que hay vida después del nacimiento. No, este es el fin.”
Entonces aquel se deprimió diciendo, “Si la concepción, termina con el nacimiento, ¿cuál es el propósito de la vida en el vientre? No tiene significado. Quizás ni siquiera haya madre tampoco.” “Pero tiene que haber,” protestó el otro. “¿De qué otra manera llegamos aquí? ¿Cómo permanecemos vivos?
“¿Alguna vez has visto a nuestra madre?” dijo uno. “Quizás vive sólo en nuestras mentes. Quizás la inventamos, porque nos hacía sentir bien.
Y así los últimos días en el vientre fueron llenos de cuestionamientos y temor.
Finalmente llegó el momento del naci-miento. Cuando los mellizos pasaron de su mundo, abrieron sus ojos. Lloraron. Porque lo que vieron había excedido sus más grandes sueños.
Gracia y paz,
Timothy Archer
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Quiero invitarte a tomar tiempo para leer los primeros 15 versos de Hechos 17. Vamos, yo espero. (No voy a citar el texto por cuestiones de espacio.)
Bueno, si realmente tomaste tiempo para leer el pasaje, sigamos. Si no, por favor léelo y después continuamos.
Pablo se halla en lo que se conoce como su segundo viaje misionero. Habiéndose separado de Bernabé, comenzó a visitar de nuevo algunas iglesias establecidas. En un sueño, Pablo tuvo una visión de un hombre de Macedonia que le pedía ayuda. Llegando a Tesalónica, Pablo va a la sinagoga, como era su costumbre, y predica a la gente allí. Disfrutando algo de éxito, pronto lo corren de la ciudad los judíos celosos de los que él convertía. Pablo usaba las escrituras y la razón para convencer a los hombres, pero sus opositores recurrían a la violencia y a la acción en grupo.
Entonces Pablo viaja 50 millas al oeste al pueblo de Berea. Tan corta distancia, pero tan distintas actitudes. Notemos lo que dicen las Escrituras: “Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Como lo dijo un escritor, Pablo había ido de matones a pensadores. Había encontrado a personas dispuestas a examinar sus creencias a la luz de las Escrituras.
Notemos, sin embargo, que los malhechores no han terminado. Al enterarse que Pablo predica en Berea, viajan esas 50 millas e incitan a los judíos para que Pablo deba irse una vez más. Es interesante que los matones a menudo pueden imponerse por el momento pero son los de espíritu noble cuyo trabajo permanece detrás de ellos.
Al leer la Biblia, por lo general me identifico con los buenos. Me puedo ver con los pocos que escuchaban en Tesalónica atraídos por las palabras de Pablo. Me puedo ver como un noble de Berea, recibiendo el mensaje y examinándolo con cuidado. Pero me debo detener y observarme con cuidado, usando el espejo de la palabra de Dios para verme más claramente.
Muy a menudo uso las Escrituras para señalar a otros. ¿Cuánta gente “innoble” veo, gente que parece tan poco dispuesta a abrir sus mentes a mi razonamiento de la Palabra de Dios? Los demás no ven las cosas a mi manera porque no están dispuestos a ver las cosas correctamente.
Pero como tantas veces, la Palabra de Dios me detiene. ¿Qué pasa si no soy nada noble? ¿Qué tal si soy yo el matón, el cerrado, el que no quiere escudriñar las Escrituras? Es tan fácil encasillar a la gente y no escuchar lo que tienen para decir. “Es sólo un ______-ista; no vale la pena escuchar sus argumentos.” Me encuentro mirando quién es el autor de un artículo para ver si vale la pena leerlo, en vez de escuchar lo que tiene para decir. Prefiero leer cosas con las que sé que voy a estar de acuerdo.
¿Qué haces con ideas nuevas? ¿Qué haces cuando alguien expresa algo que no está de acuerdo con lo que ya crees? ¿Te tapas los oídos o abres tu mente? Los judíos en Tesalónica ya sabían lo que creían y no necesitaban escuchar los argumentos de Pablo para saber que estaba equivocado. Ya habían escudriñado las Escrituras y no veían la necesidad de volver a hacerlo. Los de Berea no eran gente ignorante. Seguramente habían estudiado estas cosas antes. Sin embargo, cuando Pablo desafió su manera de pensar, no lo amenazaron con piedras. Abrieron sus Biblias y buscaron de nuevo.
Tenemos una opción. Podemos ser matones o pensadores, nobles o innobles. Podemos con gusto abrir nuestras Biblias para reexaminar cada una de nuestras creencias, o podemos atacar a cualquiera que nos desafíe a hacerlo.
Que Dios nos guíe a tener en nuestros corazones un espíritu como los de Berea, un deseo noble de encontrar la verdad, una devota disposición para escudriñar las Escrituras para decidir si las nuestras son sanas creencias o no.
Gracia y paz,
Timothy Archer
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Publicado por: Timothy en Jesucristo, tags: Jesucristo
Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, Ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, Y es cosa maravillosa a nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. (Mateo 21:42-43)
Los buenos materiales son esenciales para una buena construcción. El mejor constructor puede construir una estructura decente con materiales baratos, pero ésta no va a pasar la prueba del tiempo. Los constructores usan lo mejor.
En el mundo antiguo, la piedra más importante era la piedra angular. Los constructores elegían con cuidado un pedazo sólido de roca sobre la cual basar el resto de la construcción.
En el pasaje que Jesús cita del Salmo 118, una piedra que ha sido desechada hasta para el uso más básico en la construcción, ahora se ha convertido en la piedra más importante, la piedra angular. Jesús sigue diciendo que, a causa de este rechazo, el reino de Dios pronto sería transferido a otro grupo de gente. Pero para entender lo que dice sobre la piedra, es útil ver el comentario de Pedro en Hechos 4:8-12: Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: “Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel: Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”
Pedro explica que “los edificadores” son los líderes judíos y dice que crucificar a Jesús fue el rechazo de esa piedra.
La resurrección de Jesús de entre los muertos elevó a Jesús a la posición de piedra angular, haciendo posible la salvación en El y sólo en El.
Más adelante en su vida, Pedro vuelve a estas palabras y a esta imagen cuando escribe su epístola: Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; Y el que creyere en él, no será avergonzado. Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, La piedra que los edificadores desecharon, Ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados. Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. (1 Pedro 2:4-9)
Jesús no sólo llegó a ser piedra angular, también nos ha hecho a nosotros piedras vivas. No sólo fue declarado digno, también nos ha hecho a nosotros dignos y útiles. Podemos ser edificados en un templo de Dios si dejamos que nuestras vidas sean moldeadas en la Suya. Como piedras edificadas juntas sobre la Piedra Angular, podemos llegar a ser mucho más que si estuviéramos separados de El. Podemos llegar a ser un sacerdocio santo, una nación santa, un pueblo escogido por Dios. Como dijo Jesús, llegaremos a ser un reino de gente que produce los frutos del reino. Dios nos usará para traer gloria a Su santo nombre.
Muchos tropiezan sobre esta roca, muchos fallan en ver que no hay otro nombre debajo del cielo por el cual podemos ser salvos. Muchos tratan de edificar sus vidas ellos mismos, buscando una piedra angular sólida sobre la cual edificar, buscando la manera de sostener las cosas sin la ayuda del Maestro Constructor.
Pero nosotros somos piedras vivas. Somos el sacerdocio santo de Dios, ofreciendo sacrificios espirituales de servicio a El. Buscamos declarar Sus alabanzas y producir el fruto de Su reino. Y dejamos que El nos edifique y nos transforme en la casa espiritual que El quiere que seamos.
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Alfredo se había dedicado a la ciencia de la guerra. Un científico e inventor talentoso, estudiaba las formas de crear mejores armas. Especialista en explosivos, había creado la dinamita. Se podría creer que le gustaba la guerra, pero la verdad es otra. Creía que si pudiera perfeccionar los instrumentos de guerra, sería imposible para los hombres pelearse. Dijo una vez, “Mi dinamita nos llevará a la paz más pronto que mil convenciones mundiales. Cuando los hombres ven que en un instante se pueden destruir ejércitos enteros, morarán en paz dorada.”
La primera guerra mundial hizo pedazos los sueños de paz. La dinamita y otras inventos de Alfredo fueron usados para matar más gente, más rápidamente. Pero Alfredo no dejó su esfuerzos por lograr la paz.
Un día se levantó Alfredo para encontrar en el diario el relato de su muerte. Por error, un diario francés había publicado el anuncio de la muerte de Alfredo. Fue una sensación terrible para este amante de la paz ver que el diario lo llamaba “El Comerciante de la Muerte,” describiéndolo como el responsable por miles de muertes. Alfredo no quería ser recordado así. Decidió dedicar los últimos años de su vida a crear una fundación que otorgaría premios anuales de química, física, medicina y literatura. Hoy si hablamos de Alfredo Nobel, son pocos lo que lo llaman “El Comerciante de la Muerte” o conectar su nombre con la dinamita. Nosotros pensamos en los premios Nobel, sobre todo el premio de la paz.
Quizás no podamos cambiar nuestro legado tan dramáticamente, pero podemos hacer algo mejor. Podemos tomar nuestros errores pasados, nuestras vidas pasadas, nuestra culpa y nuestro remordimiento y borrar todo. Dios prometió separarnos de nuestros pecados tan lejos como el oriente del occidente (Salmo 103:12) … lo cual es bastante lejos. Dios nos verá como si nunca hubiéramos hecho nada malo. “Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo.” (2 Corintios 5:17)
Deje que Dios cambie su pasado.
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