Efesios 2:1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.

Se cuenta la historia de un hombre que quería ilustrar lo que es la gracia. Formó un círculo derramando combustible en el suelo y lo encendió. Luego puso una lombriz dentro del círculo. La lombriz buscó alejarse del calor, pero cada movimiento la llevaba más cerca. Al fin se quedó quieta y se resignó a morir. En ese momento, el hombre la sacó del círculo, miró a la audiencia y dijo, “Eso es gracia.”

Pero la ilustración en realidad no alcanza. La Biblia dice que estábamos muertos sin Cristo. Muertos en nuestros pecados. No sólo no teníamos esperanza, sino que tampoco podíamos hacer nada.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

La gracia de Dios nos alcanzó cuando ya no podíamos alcanzarlo a El. ¿Por qué? Por el gran amor de Dios. Nos salvó, no por nuestra bondad, sino por Su bondad.

No sólo nos salvó de la muerte, sino que ahora nos trata como realeza, dándonos un lugar de honor junto a Su Hijo. A nosotros, que en realidad merecíamos la muerte, no sólo se nos ofrece la remisión, sino que somos elevados más allá de nuestra imaginación.

8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe

Si hay algo que Dios no tolera, es el orgullo humano. Continuamente obra de manera que la única posibilidad de gloriarse sea por Dios y Sus obras maravillosas. Por esto, nuestra salvación es independiente de nuestras obras. Somos salvos por la gracia de Dios, por la fe. Es una fe activa y obediente, pero es fe. No podemos hacer nada para ganarnos la salvación; somos salvos por la gracia de Dios.

10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Y esta es la ironía: no somos salvos por las obras sino para hacer obras. Si nuestras obras pudieran darnos salvación, podríamos presentarnos ante Dios y gloriarnos de nuestros logros. Pablo escribe en Romanos 4:2: “Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. ” Si la salvación no fuera por gracia, en el día final el hombre se presentaría ante Dios y se gloriaría por lo que ha hecho. Pero, como Pablo escribió a los romanos: “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.” (Romanos 3:27)

Algunos temen que predicar sobre la gracia va a hacer que la gente tenga una fe inactiva. Pero como leemos en Efesios 2, quienes hemos sido salvados por fe hemos sido salvados para que podamos dedicarnos a hacer buenas obras. El hombre que se da cuenta de la enormidad de lo que Dios ha hecho por él puede responder con una fe activa. Pablo lo describe así:

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. ” (I Corintios 15:10).

Una vez que comprendemos que la salvación de Dios es un don maravilloso que nunca se puede comprar, sino que el hombre debe recibir, entonces podemos comenzar a servirle con un corazón puro. Nuestro servicio no es un intento por obtener algo de El, es un intento de responder a lo que se nos ha dado gratuitamente.

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pileta
Tenía unos 9 años. Estaba aprendiendo natación en una pileta municipal. Llegó el día en que me tomaban la prueba para ver si pasaría al curso intermedio. Eramos unos 15 que teníamos que cruzar la pileta y volver, haciendo distintos ejercicios en el camino. Veía que mis compañeros fracasaban, uno por uno. Luego me tocaba a mí fracasar, es decir, me tocaba intentar aprobar el examen. Estaba a la mitad de la pileta cuando sentí un ardor que me señalaba que me había entrado agua clorada en mi nariz. Paré de inmediato y fui a la orilla, dando por terminado el examen.

Uno de los instructores estaba ahí, un estudiante universitario con pelo largo. “¿Por qué paraste?” me gritó, con muy poca compasión.

“Me entró agua en la nariz,” fue mi explicación.

Y en ese momento ese joven desaliñado me enseñó una lección importante, sin querer. Se me asomó y me gritó: “¿Y qué?”

¿Y qué? Me sorprendió la pregunta. Me parecía lógico que la respuesta al dolor era eliminar lo que provocaba el dolor. Mi cerebro con sus 9 años no había captado el hecho de que una meta significante vale la pena lograr aunque tengamos que pasar por incomodidad para lograrla. Dándome cuenta de esa verdad, no encontraba razón por no terminar el examen. De hecho, lo hice con facilidad en mi próximo intento. Al verme hacerlo, casi todos los demás lo hicieron también.

A veces creo que Jesús dice “¿Y qué” con ternura al ver las cosas que me parecen tan importantes. Los obstáculos, las pruebas, las barreras que aparecen por mi camino no pueden compararse con la meta que me espera. El apóstol Pablo escribió: “Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después.” (Romanos 8:18) El plan de Dios para nosotros no es eliminar todo sufrimiento de nuestras vidas sino de enseñarnos a mirar más allá. Cuando Pablo y su compañero Bernabé visitaban las iglesias que habían comenzado, dijeron a los nuevos cristianos: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” (Hechos 14:22). La noche antes de su crucifixión, Jesús les dijo a sus discípulos: “Les digo todo esto para que encuentren paz en su unión conmigo. En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33).

Si Ud. no es cristiano, debe saber que el camino no siempre será fácil en la vida cristiana. Pero le aseguro que la meta vale mucho más que cualquier dificultad que podamos encontrar. Tenemos que vivir la vida con los ojos puestos en la meta.

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mailbox
Se puede aprender mucho por mirar el correo basura que llega en la computadora. Ofertas de riquezas, ofertas de salud, ofertas de placeres prohibidos. Es un mundo de ilusión, con fantasías de ganancias, éxito sexual, ofertas increíbles y oportunidades de trabajo. Llamarlo basura es muy suave; es maldad a domicilio, el pecado al alcance del ratón de la computadora. Como poco, es una molestia. En su peor forma, es una puerta abierta a un mar de problemas.

Algunos expertos dicen que estos mensajes no deseados llegarán a ahogar la red por completo, dejándola inutilizable. Los que recibimos muchos mensajes basura tenemos que utilizar filtros y protectores, corriendo el riesgo de bloquear algún mensaje de valor. No conozco a nadie a quien le guste el correo basura. ¿Por qué sigue existiendo?

Porque alguien se deja engañar. Alguien se vence por la codicia, comprando software ilegal o cayendo en el cazabobo que ofrece millones de dólares gratis. Otra persona caiga en la trampa que promete amor por medio de una pastilla, una crema o un suplemento. Otros se vencen por los deseos ilícitos, tentados por el material pornográfico.

Lo triste es que estas personas no se dan cuenta de que buscan cumplir una necesidad espiritual por medio de algo físico. Necesitan amor, compañerismo y propósito en sus vidas, y esas cosas no vienen por el correo electrónico. Aunque no se den cuenta, lo que anhelan es una relación con Dios.

En el libro de los Salmos, la Biblia dice: “Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón.” (Salmo 37:4). Es fácil leer la segunda parte sin captar el mensaje completo. Cuando Dios llega a ser nuestro deseo más grande, todo lo demás se arregla. Recibiremos algunas cosas deseadas, y perderemos el deseo de poseer otras. Pero primero tenemos que cumplir con la necesidad que todo hombre tiene: la necesidad de tener una relación con Dios.

La felicidad no se encuentra en la bandeja de entrada. La felicidad duradera, la que llega al más adentro nuestro, se encuentra únicamente en Dios.

Gracia y paz,
Timothy

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Comencé a leer un libro muy recomendado titulado La Vida en la Viña por Philip D. Kenneson. Leí una cita interesante que quiero compartir:

“Todo agricultor sabe que siempre hay más trabajo para hacer que tiempo para hacerlo; sin embargo, también comprende que mucho de lo que sucede con los cultivos está fuera de su control. Hay mucho que el agricultor debe hacer, pero él no puede hacer que la semilla brote, que brille el sol, o que llueva. De hecho, el agricultor emprende esta empresa desafiante y riesgosa de la agricultura porque confía en que estas buenas dádivas continuarán siendo dadas. La gracia y el esfuerzo, la dádiva y el trabajo: estas deben ir de la mano. Desafortunadamente, los cristianos a menudo ponen uno en contra del otro o enfatizan uno excluyendo al otro. La sabiduría del agricultor nos recuerda que ambos son necesarios, en toda su plenitud, para hacer crecer algo que valga la pena cosechar. Lo mismo sucede con la vida del Espíritu. Siempre hay suficiente trabajo para hacer, pero nadie que emprende esa obra debería hacerlo sin darse cuenta de que el crecimiento en el Espíritu es primeramente una dádiva de Dios.”

Es un punto excelente. Quienes están en la agricultura probablemente lo pueden apreciar más que yo. Aceptamos este equilibrio de gracia y obras en lo que se refiere a la agricultura, pero nos resistimos cuando se aplica a nuestras propias vidas.

Es la tensión entre saber que no puedo hacer nada para salvarme, pero si no hago nada, no seré salvo. La tensión entre saber que sólo Dios puede en verdad hacerme santo, pero este mismo Dios me dio el mandamiento: “Sed santos.”

Hay un viejo dicho que dice: “Oramos como si todo dependiera de Dios y trabajamos como si todo dependiera de nosotros.” Hay verdad allí. Un pasaje muy querido en Isaías 40:31 dice: “Los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.” Notemos que no dice “se sentarán y no se cansarán; se acostarán y no se fatigarán.” Aún esperando en el Señor nos seguimos moviendo hacia adelante. Confiar en Dios no es sentarse y esperar que El haga toda la obra.

Pablo habló de esta tensión en Efesios 2:8-10: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”

Nuestras obras no ganan nuestra salvación. Es un regalo de Dios. Pero fuimos salvos con el propósito de hacer buenas obras. Para eso fuimos creados. Mantengamos la fe. Y las buenas obras.

Gracia y paz,
Timothy

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pasaporteHace poco, una amiga llegó a ser ciudadana de los Estados Unidos. Después de vivir en Texas por varios años, decidió hacerse ciudadana. Llenó los formularios, tomó los exámenes, juró lealtad, y, por supuesto, pagó las tarifas necesarias. Es un trámite complicado.

Yo hice lo mismo de una manera más simple: soy ciudadano por nacimiento. Ningún formulario, ni examen, ni juramento, ni tarifa. Lo único que hice fue nacer en el lugar indicado. Mis hijos me ganaron. Ellos nacieron como ciudadanos de dos países, Estados Unidos y Argentina. Dos muchachos, cuatro pasaportes.

No son los únicos con nacionalidad doble. Aunque no tenga el pasaporte para demostrarlo, soy ciudadano de otra jurisdicción. Soy ciudadano del reino de Dios. No soy ciudadano naturalizado; nací en ese reino. De hecho, no existen ciudadanos naturalizados en el reino de Dios.

Durante el ministerio público de Jesús, un hombre llamado Nicodemo vino a verlo. Mientras hablaban, Jesús le dijo: “Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:5) Hace falta un segundo nacimiento para llegar a ser ciudadano del reino de Dios, un nacimiento que incluye el agua y el Espíritu. El apóstol Pablo habló de este nuevo nacimiento cuando escribió: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.” (Romanos 6:4). Cuando un creyente en Jesús se bautiza, es sepultado bajo el agua y sale con una vida nueva. Es un nuevo nacimiento. Al escribirle a Tito, Pablo llamó este acto “el lavamiento de la regeneración y la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5). Regeneración… nueva vida… nacer de nuevo… es el mismo concepto.

Hace años nací en este mundo como ciudadano de los Estados Unidos. Unos 13 años después, nací una segunda vez al ser bautizado en agua, llegando a ser ciudadano del reino de Dios. Aunque no tengo pasaporte nuevo, esta segunda ciudadanía es tan real como la primera y mucho más importante. Cuando todos los pasaportes se habrán convertido en polvo, todavía tendré mi ciudadanía celestial.

Si Ud. quiere ser ciudadano del reino de Dios, no hay formularios para llenar, ni exámenes para rendir, ni dinero para pagar. No hay ciudadanos naturalizados en el reino de Dios. La única forma es nacer de nuevo, naciendo del agua y el Espíritu.

Gracia y paz,
Timothy

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Hace poco, mi señora viajó a la Argentina. Ese viaje nos hubiera costado más de lo que podríamos pagar, pero resultó ser muy accesible. Pudimos pagar el viaje con kilómetros que habíamos acumulado con otros viajes (viajo mucho por mi trabajo). En el lenguaje de las lineas aéreas, habíamos ganado un premio.

Es un concepto popular. Muchas empresas nos ofrecen incentivos sobre las compras que hacemos. Viajamos y ganamos un viaje gratis. Nos quedamos en un hotel y acumulamos puntos. Usamos una tarjeta de crédito y nos dan premios. Compramos flores, visitamos la ferretería, alquilamos videos, comemos pizza… hay muchas cosas que nos ofrecen incentivos.

A mí me gusta recibir premios. Pero veo un problema cuando entendemos a Dios de la misma manera. Si hacemos cosas buenas, creemos que Dios está obligado a recompensarnos. Mucha gente lo ve así. Asegúrate de hacer suficientes cosas buenas y tu futuro estará garantizado.

Dios no funciona así. No espera que nosotros ganemos el premio que tiene para nosotros. No hay nada que podamos hacer para obligarle a Dios a nada. Lo que El da, lo da por gracia, no por obligación. Lo que El ofrece, lo ofrece gratuitamente, no por un precio. No hay plan de incentivos para llegar al cielo. Todo depende de Dios. El apóstol Pablo escribió: “ Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9).

No existe ningún Plan de Oradores Frecuentes, ni Miembros Eclesiásticos Dorados. Solamente está Jesús y Su sacrificio. Por aceptar lo que El hizo con una fe obediente, recibimos el premio que El ganó. Ese sí que es un plan maravilloso.

Gracia y paz,
Timothy

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Algunos predicadores en la Biblia no se considerarían exitosos según los modelos de hoy. Hombres como Noé, que predicaba y predicaba pero nunca convirtió a nadie. Hombres como Elías, que llegaba a pocos y vivió sin conocer a los que Dios había convertido.

Luego están los hombres como Jonás. Jonás fue a la ciudad pagana de Nínive y predicó allí. Con valor proclamó el mensaje de Dios de que Nínive estaba a punto de ser destruída por sus pecados. Cuando estos paganos, estos enemigos del pueblo de Dios, estos idólatras, escucharon el mensaje de Jonás, creyeron. No sólo creyeron, sino que respondieron de tal manera que Dios cambió de parecer en cuanto al castigo que había pronunciado sobre esa ciudad. El rey mismo lideró un reavivamiento, ordenando que la población de mas de 100,000 personas en Nínive participaran en un ayuno al Señor.
Entonces, ¿cómo reaccionó Jonás ante este gran éxito? ¿Abrazó cálidamente a sus nuevos hermanos, gozándose en el calor de la nueva religión de ellos? No. Cuando Jonás vio que Dios no había destruido a Nínive, se enojó. “Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida.” (Jonás 4:1-3) ¡Estaba tan enojado que Dios no haya destruido a esta gente, que le pidió a Dios que lo destruyera a él! Parece que lo que más le importaba era que había pasado por tonto. Había pronunciado destrucción pero esto no había sucedido. Y pero aún, se había perdido el placer de observar cómo Dios destruía a sus enemigos.

Pero Jonás no perdió las esperanzas. Quizás este Dios de amor, de perdón, aún haría llover azufre sobre la ciudad. “Y salió Jonás de la ciudad, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad. Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás para que hiciese sombra sobre su cabeza, y le librase de su malestar; y Jonás se alegró grandemente por la calabacera. Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera, y se secó. Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida.” Jonás 4:5-8) El buen Jonás otra vez pide morir. Esta vez está molesto porque su sombra maravillosa le había sido quitada.

Aunque podemos comprender esta sensación en esta época del año, creo que podemos decir que Jonás está reaccionando exageradamente. Y Dios le dice esto. “Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte. Y dijo Jehová: Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?” (Jonás 4:9-11) Dios le dice que así como Jonás se preocupó por la planta, Dios tiene derecho de preocuparse por estas personas a quién El creó.

La Biblia nos dice que Dios quiere salvar a todos (1 Timoteo 2:4). De hecho, El amó tanto al mundo que Dios a Su único Hijo para salvarlo (Juan 3:16). Lo que tengo que preguntarme a veces es si amo al mundo así. ¿Me importan los perdidos? Cuando veo a gente a mi alrededor que están lejos de Dios, ¿me duele? ¿O soy como Jonás, y sólo quiero que Dios se ocupe de mí y de los que son como yo?
Jonás estaba enojado porque Dios es un Dios de amor y perdón. Pero en Su esencia, en el centro de Su ser, ese es Dios. Como escribió el salmista, “Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo.” (Salmo 103:13-14) Dios nos sorprenderá una y otra vez con Su amor y Su misericordia. Así es El. El mismo Salmo dice: “Misericordioso y clemente es Jehová; Lento para la ira, y grande en misericordia. No contenderá para siempre, Ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.” (8-10)

Reaccionemos ante la misericordia y el perdón de Dios con alabanza y acción de gracias. No nos resintamos ante la gracia que muestra a otros, porque es por esta gracia que tenemos la esperanza de salvación.

Gracia y paz,
Timothy Archer

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En iglesias de habla inglesa en los siglos 17 y 18, hubo gran controversia en cuanto a qué cantar. Muchos pensaban que el hombre no tenía derecho de crear nuevas canciones, sino que las únicas que eran apropiadas para la adoración eran los salmos a los que se les había puesto música. (Aún tenemos algunos de estos salmos en nuestro himnario, aunque muy pocos). Otros pensaban que Dios les había dado el don de escribir nuevas canciones de adoración a las que llamaron himnos, y que estos himnos deberían ser cantados en la iglesia. ¡Algunas iglesias hasta se dividieron por esta discusión! El acuerdo al que otros llegaron fue cantar los salmos al principio del servicio y los himnos al final. De esa manera, los miembros que se oponían a estos nuevos “himnos” podían abstenerse de cantar o simplemente irse.

Isaac Watts fue el campeón en la escritura de himnos, un compositor prolífero que escribió más de 600 himnos. Algunos todavía cantamos hoy, como “Al Mundo Gozo Proclamad” y “La Cruz Excelsa Al Contemplar.” Uno de sus himnos más amados fue en realidad escrito como respuesta a las acciones de quienes rechazaban los himnos. Luego de observar a los “salmistas” rehusarse a participar en el canto de himnos, fue a casa y compuso una canción sólo para ellos, llamada “A Sión Caminamos.” Si lees con cuidado la letra de este himno, puedes detectar las palabras que Watts dirigía a sus oponentes:

Los que aman al Señor
eleven su loor,
que en dulces notas de loor,
que en dulces notas de loor,
ascienda a su mansión,
ascienda a su mansión.

Que callen los que a Dios
no anhelen conocer,
mas canten todos a una voz,
mas canten todos a una voz,
los hijos del gran Rey,
los hijos del gran Rey.

Como ves, las llamadas “batallas de adoración” no son nuevas. De hecho, si lees el Nuevo Testamento con cuidado, puedes detectar un poco de tensión en las iglesias en cuanto a distintos estilos. Cuando reúnes a seres humanos, encuentras diferencias. En 1 Timoteo 2:8, Pablo escribe a Timoteo las siguientes palabras:“Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda.” Tenemos que creer que los hombres tenían el hábito de hacer lo opuesto, de juntarse para orar pero usar ese tiempo para la ira y las contiendas. Si no tenemos cuidado, podemos terminar haciendo lo mismo. Somos distintos y tenemos distintos gustos. No impongamos nuestras preferencias sobre los que nos rodean.

Debemos ser sensibles con nuestros hermanos y hermanas y encontrar formas de ayudarlos a adorar mejor al Señor. Pero recordemos que esto tiene dos lados. De hecho, en lo que se refiere a cristianos maduros, solamente tiene un lado. Nunca debería estar “protegiendo mis propios intereses.” Siempre debería buscar lo mejor para mis hermanos y hermanas.

Nos reunamos y elevemos manos santas a Dios, sin ira ni contiendas. Adoremos al Señor en unidad y amor.

Gracia y paz,
Timothy Archer

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fotosCuando niños, a mis hijos les encantaban los videos. Veían las mismas películas infinitas veces. Por eso, yo también veía las mismas películas vez tras vez. No tantas veces como mis hijos, pero suficiente como para hartarme de cada película. Una favorita en nuestra casa era “El Rey León.” En la película, Simba, un cachorro que va a ser rey de los leones, presencia la muerte de su padre. Creyéndose responsable, Simba huye al desierto. Ahí lo rescatan dos animales que lo llevan a un oasis, salvándole la vida. Son insectivores, comiendo nada más que gusanos y otros bichos. Su mantra es “Hakuna Matata,” que en suajili quiere decir “No hay preocupaciones aquí.” Para ellos, la vida consistía en comer, bailar y cantar. No sentían ninguna responsabilidad hacia los demás.

Pero llega el momento cuando Simba tiene una visión de su padre muerto. El ex-rey tiene una sola palabra para su hijo: “Acuérdate.” El león jovencito había nacido para ser realeza, rey de las bestias, jefe de la manada de leones. Sin embargo, él se encontraba comiendo insectos y viviendo una vida egoísta. Su vida no era lo que debería ser.

Muchos de nosotros necesitamos recordar. Tenemos que recordar lo que debemos ser. Necesitamos recordar para qué nos hizo Dios. Dios puso en nosotros un sentido de propósito, de dignidad, un llamamiento superior. Necesitamos recordar.

Tal como Simba tenía que recordar de quien era hijo, necesitamos ver que Dios nos ha dado la oportunidad de ser Sus hijos. Podemos ser más que unos comebichos egoístas. Podemos ser realeza, hijos e hijas del Rey, hijos de Dios. Podemos formar parte de la familia de Dios. Podemos vivir vidas de dignidad, vidas con propósito. Hemos sido llamados a la grandeza. Solo tenemos que recordar quienes somos. Solo tenemos que recordar de quien podemos ser hijos.

Gracia y paz,
Timothy

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Has sido invitado a llegar a ser un miembro de la familia de Dios. Sé que suena extraño: seres humanos comunes entrando en una relación con el Dios que los creó. Sin embargo, eso es exactamente lo que Dios nos ha ofrecido. Vas a escuchar hablar de esto en distintas maneras: salvación, nacer de nuevo, venir a Jesús, hacerse cristiano, etc. Aunque muchos otros términos son apropiados, me identifico mejor con la idea de entrar en la familia de Dios.

Es que como ves, Dios es un Dios de relaciones. Fue él quien vino buscando al hombre, no viceversa. La Biblia nos dice que fue el amor lo que motivó a Dios a alcanzar al hombre. Fue Dios el primero en hacer el gesto de intentar reparar nuestra relación quebrada.

“Pues de tal manera amó Dios al mundo que Dios a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El crea no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:16)

¿Pero qué pasó con nuestra relación con Dios? ¿Por qué necesitaba ser arreglada? Si El nos creó, ¿por qué no podemos simplemente estar con El? Como yo lo veo, todo se resume en la naturaleza de Dios. Por ejemplo, Dios es luz, entonces la oscuridad no puede estar donde él está. Dios es verdad, entonces todo lo que no sea verdad está lejos de él. Dios es vida, entonces la muerte es alejada de su presencia. Y Dios es santo, Dios es puro, Dios no puede ser tocado por el mal. Entonces cualquiera que ha hecho algo malo no puede vivir con Dios. Y ya que todos nosotros hemos hecho mal, ya que todos hemos pecado (para usar el término apropiado), no calificamos para estar dentro de la familia de Dios.

“…por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios,” (Romanos 3:23)

¿Qué pasa si no entramos en una relación con Dios? Viene el día en que Dios separará para siempre a los que son suyos de los que no lo son. Los que estén con Dios disfrutarán de todo lo que El es: vida, luz, gozo, etc. Quienes han elegido no seguir a Dios no estarán con él y no tendrán ninguna de esas cosas. Un lugar sin Dios y sin las cosas que lo caracterizan será un lugar que sólo tendrá oscuridad, sufrimiento, y muerte.

Las manchas que deja el pecado duran toda la vida… Y más allá. Alguien que nunca ha pecado es el único que puede quitarlas. Es por eso que Dios envió a Su hijo Jesús. Jesús vino al mundo y vivió una vida sin pecado. Su muerte injusta nos abrió el camino para recibir el perdón de pecados. Su sangre inocente es capaz de lavar las manchas del pecado, haciendo posible que seamos santos como Dios, y que seamos adoptados en la familia de Dios. Estas son las buenas nuevas que Dios tiene para la humanidad: que a través de Jesucristo y su muerte, Dios ha provisto la manera por la cual la humanidad puede tener una plena relación con El.

“Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.” (1 Juan 3:5)

“…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7)

“…que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.” (2 Corintios 5:19)

La Biblia dice que cualquiera que cree en Jesucristo puede llegar a ser hijo de Dios. También nos dice que quienes creen en El pueden tener vida eterna. Obviamente esto significa mucho más que simplemente creer que Jesús existió; la clase de creencia que nos da esperanza implica creer que Jesús es quien dice ser y que él está permitiendo que sobre esa base nuestra vida tome forma.

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…” (Juan 1:12)

Esta clase de creencia se llama fe. La fe lleva a la acción. Yo puedo creer que un hombre es doctor, pero no tener fe en él. Pero si tengo fe en un doctor, entonces voy a seguir sus instrucciones. No me enorgullezco de hacer lo que el doctor me dice que haga, simplemente es un símbolo de la fe que tengo en él.

Yo pensaba que la fe era simplemente creer. Hay un famoso ejemplo en la Biblia que nos ayuda a entender más sobre la fe y la obediencia. Muchos han oído la historia de Noé y el arca, cómo Dios advirtió a Noé de un diluvio inminente y le dijo que construyera un gran bote, un arca, para salvarse a sí mismo, a su familia, y a ejemplares de cada especie de animal.

Dios salvó a Noé por su misericordia. Noé de ninguna manera se ganó su salvación. Fue salvo por su fe en Dios. Sin embargo, ¿lo hubiera salvado esa fe si no hubiera construido el arca? No. ¿Hubiera alguno sido salvo sólo por construir un gran bote, aunque no creyeran en Dios? No. Sólo la fe, una fe obediente, puede salvar.

“Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.” (Santiago 2:17)

Vemos en la Biblia que nuestra fe en Jesús nos llevará a hacer ciertas cosas. Abierta y públicamente confesaremos nuestra fe en él. Admitiremos nuestros pecados y haremos todo lo que podamos para no repetirlos (se hace referencia a esto como “arrepentimiento”). También seremos inmersos en agua, siendo bautizados, para simbolizar la sepultura de nuestra vida vieja y el comienzo de nuestra nueva vida como miembro de la familia de Dios.

“…que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” (Romanos 10:9)

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.” (Romanos 6:3-4)

Como miembros de la familia de Dios, se espera de nosotros que intentemos vivir de la manera que Dios quiere. El sabe que todavía cometeremos errores, y siempre está dispuesto a perdonarnos cuando lo hagamos. La familia de Dios no es perfecta para nada, pero se supone que debemos estar imitando a nuestro hermano mayor: Jesús. Puesto que El vivió una vida sin pecado, hacemos todo lo posible por eliminar el pecado de nuestra vida.

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.” (1 Juan 3:1)

Espero que aprendas más en cuanto a la familia de Dios, lo que significa ser parte de su familia, y las cosas que necesitas hacer para ser adoptado en esa familia.

Que Dios te bendiga.

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