Publicado por: Timothy en Paz, tags: Gracia, Miedo, Paz, salvación
A mí, no me gusta pagar impuestos. Sobre todo aquí en Estados Unidos. Nuestro código impositivo se ha vuelto muy complicado. En 1913, el código consistía de 400 páginas. En 2008, el código había llegado a 67 mil páginas; las instrucciones para el formulario básico ocupaban 155 páginas. Existe una industria entera de preparación de impuestos. Por eso, al hacer las declaraciones de impuestos cada año, la mayoría sentimos alguna ansiedad: ¿me equivoqué en algo?
Algunas personas se sienten así en cuanto a Dios. ¿Me equivoqué en algo? ¿Hice reparaciones por todas las cosas malas que hice? ¿Hice suficientes cosas buenas? ¿Pensé lo correcto, fui a los lugares indicados, dije todas las palabras necesarias? Aunque la Biblia no es tan larga como el código impositivo, las consecuencias de equivocarnos puede llenar nuestros corazones con miedo.
Si te sientes nervioso al pensar en estar frente de Dios en el Día de Juicio, quizás te sorprenden estas palabras del apóstol Pablo: “Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Romanos 5:1)
¿Paz? ¿Paz con Dios? ¿Cómo podemos tener paz con Dios cuando tenemos que preocuparnos constantemente en cuanto a hacer todo exactamente bien? La respuesta sencilla es: no podemos hacerlo. Si estar bien con Dios depende de nosotros y lo que hemos hecho, nunca tendremos paz. Pero mira la primera parte de lo que dice Pablo: “Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe” Podemos tener paz con Dios porque nuestro futuro no depende de hacer todo perfectamente bien. Al escribir a la iglesia de Efeso, Pablo escribió: “Pues por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios. No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada;” (Efesios 2:8-9). No se trata de lo que hemos hecho nosotros; es cuestión de ser salvos por la fe en el don que Dios nos ofrece.
Dios quiere que respondamos con fe, comprometiéndonos a cambiar nuestras vidas, lavando nuestros pecados en el bautismo. Pero nada de eso se hace como obra, nada de eso es para ganar la salvación. La salvación es un don gratuito que Dios nos da, y podemos estar seguros que Dios quiere darnos ese don. Podemos preocuparnos en el momento de hacer los impuestos, pero cuando de estar bien con Dios se trata, debemos sentir paz.
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Jim Eliot había decido ir a Ecuador, llevando las buenas noticias de Dios a las tribus indígenas que no habían escuchado de Jesucristo. Eventualmente perdió su vida en las selva ecuatoriana, asesinado por los mismos indios que buscaba enseñar. Más tarde, su viuda, Elisabet, fue al mismo pueblo indígeno y les enseñó acerca de Jesucristo.
Varios años antes de ir al Ecuador, Jim había escrito estas palabras: “No es necio aquel que entrega lo que no puede guardarse para obtener lo que no puede perderse.” Es un dicho llamativo. No es necio entregar esta vida (que no se puede guardar) para obtener la vida que no puede perderse (la vida eterna). Vale la pena hacer lo que tengamos que hacer en esta vida para obtener la vida eterna.
Jesús lo dijo en forma más directa. No solamente no es necio entregar esta vida para obtener la vida eterna, es necesario. Lucas escribió:
“Después les dijo a todos: —Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se destruye a sí mismo?” (Lucas 9:23-25)
Cristo dijo que la única forma de salvar nuestra vida es perderla. Es decir, la única forma de obtener la vida eterna es soltar ésta. Tenemos que estar dispuestos a dar la espalda a lo que este mundo nos ofrece.
El apóstol Pablo escribió: “Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después.” (Romanos 8:18) En otra carta escribió: “Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante.” (2Corintios 4:17). Lo que está diciendo es que cualquier sufrimiento que tengamos en esta vida no puede compararse con una eternidad en la presencia de Dios. Imagine una linea infinita. Sobre una linea así, ¿qué porción representaría la vida nuestra aquí sobre la tierra? Cualquier punto que dibujemos sería demasiado grande. Esta vida no es nada comparada con la que viene.
No es necio aquel que entrega lo que no puede guardarse para obtener lo que no puede perderse. No pierda tiempo en una vida que no puede guardarse si le va a costar la vida que no puede perderse.
Bendiciones, gracia y paz,
Timothy Archer
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“Vuelvo a decirles que nadie piense que estoy loco; pero si así lo piensan, déjenme que les hable como un loco, para que también yo pueda gloriarme un poco, aunque esta manera de gloriarme sea más bien una locura y no palabras que el Señor apruebe. ¡Ya que hay tantos que se glorían de sus propios méritos, también yo me gloriaré! Ustedes son muy sabios, pero soportan de buena gana a los locos, y soportan también a aquellos que los obligan a servir, que los explotan, que los engañan, que los tratan con desprecio o que los golpean en la cara. Aunque me da vergüenza decirlo, ¡nosotros fuimos demasiado débiles para portarnos así! Pero si los otros se atreven a jactarse, también yo me atreveré, aunque esto sea una locura. ¿Son ellos hebreos? Yo también. ¿Son israelitas? Yo también. ¿Son descendientes de Abraham? Yo también. ¿Son siervos de Cristo? Yo lo soy más que ellos, aunque al decir esto hablo como un loco. Yo he trabajado más que ellos, me han encarcelado más veces que a ellos, he sido azotado más que ellos, y muchas veces he estado en peligro de muerte. En cinco ocasiones los judíos me castigaron con los treinta y nueve azotes. Tres veces me apalearon, y una me apedrearon. En tres ocasiones se hundió el barco en que yo viajaba, y, a punto de ahogarme, pasé una noche y un día en alta mar. He viajado mucho, y me he visto en peligros de ríos, en peligros de ladrones, y en peligros entre mis paisanos y entre los extranjeros. También me he visto en peligros en la ciudad, en el campo y en el mar, y en peligros entre falsos hermanos. He pasado trabajos y dificultades; muchas veces me he quedado sin dormir; he sufrido hambre y sed; muchas veces no he comido; he sufrido por el frío y por la falta de ropa. Además de estas y otras cosas, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las iglesias. Si alguien enferma, también yo enfermo; y si hacen caer a alguno, yo me indigno. Si de algo hay que gloriarse, me gloriaré de las cosas que demuestran mi debilidad. El Dios y Padre del Señor Jesús, que es digno de alabanza por siempre, sabe que digo la verdad. Cuando estuve en Damasco, el gobernador que servía al rey Aretas puso guardias a las puertas de la ciudad, para que me arrestaran; pero hubo quienes me bajaron en un canasto por una ventana de la muralla de la ciudad, y así escapé de sus manos.” (2 Corintios 11:16-33)
Los que creen que la vida cristiana es una vida libre del sufrimiento deben leer este pasaje. Los que predican un mensaje de prosperidad deben leer este pasaje. Todos debemos leer este pasaje, pues nos enseña mucho acerca de cómo era la vida de un apóstol. Nosotros podemos pensar que lo más importante es que tengamos salud o dinero o una casa o muchas otras cosas. Pablo no lo veía así. Consideraba el poder sufrir por el evangelio como un privilegio. Lo que Pablo predicaba, lo predicaba por convicción, no por conveniencia.
En Hechos 14, cuando Pablo y Bernabé hablaban con los nuevos cristianos en las iglesias que habían plantado, les decía: “para entrar en el reino de Dios hay que sufrir muchas aflicciones.” A los romanos, Pablo les dijo: “Y puesto que somos sus hijos, también tendremos parte en la herencia que Dios nos ha prometido, la cual compartiremos con Cristo, puesto que sufrimos con él para estar también con él en su gloria.” En esta misma carta de 2 Corintios, Pablo les dijo: “Tenemos una esperanza firme en cuanto a ustedes, porque nos consta que, así como tienen parte en los sufrimientos, también tienen parte en el consuelo.” El sufrimiento es parte de la vida cristiana. Es señal de que vamos por buen camino, que estamos en lo correcto. Tal como Cristo sufrió aquí en el mundo, sus seguidores tendrán momentos difíciles. A los filipenses, Pablo les dijo: “Pues por causa de Cristo, ustedes no solo tienen el privilegio de creer en él, sino también de sufrir por él.” Es un privilegio sufrir por Cristo. No se achiquen. No huyan del sufrimiento. Den gracias a Dios que les considere dignos de sufrir por él.
Gracia y paz,
Timothy Archer
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Publicado por: Timothy en Muerte, Vida, tags: Cristo, Muerte, Vida
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.” (Filipenses 1:21)
Me encanta ese versículo. Pablo, prisionero en una cárcel romana, esperando saber si lo van a ejecutar o no, escribe a sus hermanos en Filipos para animarlos. Les dice que no sabe cuál será el veredicto, pero quiere que sepan que a él no le importa. Para él, vivir es Cristo y morir es ganancia.
Podemos considerarlo como una expresión matemática.
Si x = vivir,
entonces morir = ganancia
¿Para cuáles valores de x resulta verdadera la expresión? ¿Dinero? ¿Pode? ¿Placer? ¿Familia? ¿Nuestro oficio? Ninguno de esos valores funcionan. ¿Cómo puede ser ganancia la muerte? Cuando nos concentremos en Cristo. Si lo sustituimos con cualquier otra cosa de este mundo, la ecuación no sale.
Si construimos nuestras vidas sobre la roca que es Cristo, no tenemos que temerle a la muerte. ¡Resulta ser ganancia para nosotros!
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Había dos hermanos en un pueblo que eran los hombres más ricos del lugar. También eran los más malvados e inmorales. Cuando uno de ellos murió, el otro fue al predicador de la iglesia local y le pidió que hiciera el funeral. Le dijo que donaría $25,000 a la iglesia si el predicador decía que su hermano fue un santo. “¡Pero no puedo hacer eso!” dijo el predicador, “Todo el mundo sabe la clase de hombre que fue su hermano.” Pero al pensarlo más se dio cuenta de que la iglesia necesitaba ese dinero. Así que el día del funeral se levantó y dijo, “Este hombre era un mentiroso, tramposo, ladrón, y malvado. Pero comparado con su hermano, era un santo.”
Algún día, cuando ya no estemos, alguien va a tener que decir unas palabras en cuanto a nosotros y nuestra vida. Cuando lo haga, ¿será una tarea fácil o difícil? ¿Le costará encontrar algo bueno para decir o le costará elegir entre tantas historias edificantes que se relatan de ti?
Recuerdo cuando estudiaba en Abilene Christian University, que había un predicador que predicó un sermón funeral que se hizo famoso. Salió en todos los periódicos del país. Jim Dotson fue el predicador en la Iglesia de Cristo en Brookwood Way en Mansfield, Ohio. Su sermón fue grabado en video y aún se puede ver en la biblioteca de ACU. El sermón de Dotson no se hizo famoso por su contenido ni por la destacada presentación (aunque dadas las circunstancias, la presentación fue destacada). El sermón funeral de Dotson se hizo famoso porque él predicó su propio funeral. Muriendo de cáncer, él mismo grabó el sermón que sería presentado en su propio funeral. Habló como los crisitianos hemos vencido a la muerte.
Es destacable predicar el propio funeral. Bueno, lo es y no lo es. Es notable grabarse a sí mismo hablando para que todos escuchen las palabras exactas que quieres que escuchen. Pero el hecho es que todos predicamos nuestro propio sermón funeral. Lo hacemos por la manera en que vivimos. No importa lo que el predicador diga en el servicio mismo, nuestra vida dejará su propio testimonio, para bien o para mal.
Asi que, ¿cómo suena tu sermón hasta ahora? Está lleno de humor e historias, pero poco contenido? ¿Es un ejemplo brillante de lo que todos querrían que fuera su vida? O, para tomar prestada una frase de un calendario que vi, ¿es el propósito principal de tu vida servir de advertencia a otros?
Como predicador, te pediría un favor. Haz nuestro trabajo un poco más facil. No hagas que tengamos que buscar y revoler para encontrar algo bueno que decir cuando llegue el final. No nos hagas dificil encontrar las palabras de consuelo para los que quedan atrás. Vive de manera tal que tu funeral sea una celebración de triunfo, un recuerdo gozoso de una vida bien vivida.
Comienza a trabajar en tu sermón hoy.
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Había viajado más de 1500 kilómetros. Bajo el calor. Por caminos de tierra. Era etíope, convertido al judaísmo. Había ido desde Etiopía a Jerusalén para adorar. Había ido a Jerusalén para visitar el templo. Y no lo dejaron entrar.
Era eunuco. Hombre castrado. Según la ley de Moisés, ningún eunuco podría entrar en el templo. Mil quienientos kilómetros para que le digan que “No” en la entrada. Quizás lo sabía de antemano. Quizás había aceptado su suerte antes de emprender el viaje, estando dispuesto a contemplar el templo desde afuera. No lo sabemos, pero de todos modos, habrá sido frustrante.
Ahora, en el viaje a casa, está leyendo del libro de Isaías. Ese hecho en sí es sorprendente, dado la escasez de libros en tiempos antiguos. Habrá pagado mucho dinero para poder tener su propia copia de esta porción de las Escrituras. Quizás alguien le hubiera recomendado el libro de Isaías. El capítulo 56 habrá sido un capítulo preferido por los eunucos, donde leemos: “Porque el Señor dice: “Si los eunucos respetan mis sábados, y si cumplen mi voluntad y se mantienen firmes en mi alianza, yo les daré algo mejor que hijos e hijas; les concederé que su nombre quede grabado para siempre en mi templo, dentro de mis muros; les daré un nombre eterno, que nunca será borrado.” (Isaías 56:4-5) Algún día, tendrían su lugar en el templo.
Pero este eunuco no está leyendo ese capítulo. Está leyendo en el capítulo 53—““Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan. Se lo llevaron injustamente, y no hubo quien lo defendiera; nadie se preocupó de su destino. Lo arrancaron de esta tierra, le dieron muerte por los pecados de mi pueblo.” (Isaías 53:7-8) Tales palabras le hubieran impactado, sobre todo en este viaje: maltratamiento, injusticia, sin descendencia. Las palabras le intrigaron. Cuando Felipe apareció y preguntó si entendía lo que leía, el eunuco confesó que no.
Felipe le explicó el pasaje, explicando las buenas noticias de Jesús. En esa explicación, Felipe habló del bautismo. El nuevo nacimiento. Un nuevo comienzo. Una nueva vida. Pero el eunuco sabía lo que le esperaba, entonces hizo la pregunta: “Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?” Adelante, Felipe. Dime las malas noticias. Yo lo viví en el templo. Llevo años viviéndolo. Dime. Ya lo sé. Estas noticias no son para eunucos. ¿Qué me impide? Me cuerpo mutilado. O mi nacionalidad. ¿Cuál es el problema esta vez?
La Biblia no nos dice cuál fue la respuesta de Felipe. Quizás no hizo falta decir nada. Quizás Felipe gritó con alegría: “¡Absolutamente nada!” Quizás se notaba en su cara. Lo que haya sido, el eunuco aprendió que no había ningún obstáculo esta vez, ningún impedimento, ningún cartel de “Prohibida la entrada a eunucos.” El camino a la vida estaba libre de obstáculos. Está libre de obstáculos, hasta el día de hoy.
¿Qué me impide? Absolutamente nada.
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Existen palabras “eclesiásticas.” Es decir, que solamente se usan en la iglesia, palabras como santificación, expiación, gracia, evangelismo, evangelio. Muchas veces ni los cristianos entienden de qué se tratan. Hay otras palabras que se utilizan de una forma dentro de la iglesia y otra fuera de ella.
Arrepentimiento es una palabra así. Cuando vemos lo que Dios quiere que hagamos para entrar en su familia, una de las cosas claves es el arrepentimiento. Tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados. Para poder arrepentirnos, tenemos que saber qué es.
Cuando era más joven, pensaba que el arrepentimiento era igual al remordimiento. Son conceptos relacionados, pero el arrepentimiento es más que remordimiento. Literalmente, “arrepentirse” significa dar la vuelta o cambiar el rumbo. Es la idea de estar caminando para un lado, dar un giro de 180 grados y caminar en la otra dirección. No es solamente sentirse mal por lo que uno ha hecho; es un cambio, un cambio de vida. Es un cambio de pensamiento que produce un cambio de vida.
En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo escribió a un grupo de nuevos cristianos y les dijo: “Ellos mismos hablan … de cómo ustedes abandonaron los ídolos y se volvieron al Dios vivo y verdadero para servirle” (1 Tesalonicenses 1:9) Eso es arrepentimiento. No es solamente dejar algo; es ir hacia otra cosa. Dejamos una vida para comenzar otra. Dejamos de buscar una meta y buscamos otra.
Pablo escribió a la iglesia en Roma: “Pues por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre.” (Romanos 6:4) Arrepentimiento y bautismo van juntos en la Biblia, por esa razón: en el bautismo, sepultamos nuestros seres viejos y salimos del agua con una vida nueva. Nacemos de nuevo, somos hechos nuevos. ¿Pero qué sentido tiene tener una vida nueva si va a ser exactamente como la anterior? ¿Para qué pasar por una sepultura si vamos a dejar que nuestro viejo hombre siga viviendo? La idea es que nos acerquemos a Jesús con fe, dejando nuestra vida vieja, sepultándola en agua, para comenzar de nuevo. Pero esta vez, en vez de alejarnos de Dios, vivimos una vida que nos lleva más cerca de Dios.
Aunque sea algo “eclesiástica,” arrepentimiento es una palabra buena. Nos ayuda entender lo que necesitamos hacer para acercarnos a Dios. Tenemos que dejar nuestra vida vieja y comenzar una nueva, por nuestra fe en Jesús. Si no lo has hecho, si no enterraste tu vida vieja en las aguas del bautismo para comenzar una nueva vida en Cristo, quiero ponerte en contacto con alguien que te ayudará hacerlo.
Gracia y paz,
Timothy Archer
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Cuando yo era niño, odiaba las astillas. Tampoco me gustan ahora, pero, en aquel entonces, las odiaba por completo. No tanto por el dolor que causaban las astillas al instalarse en mi dedo, sino por lo que vendría después. Tendría que ir a mi mamá, recibir su pronóstico y escuchar las recomendaciones médicas. En el mejor de los casos, ella sacaría el invasor con unas pincitas. Pero en el peor de los casos, ella tendría que operar: sacar la astilla con una aguja. Ella era muy habilidosa y no me hacía doler, pero el mero hecho de verla acercarse con la aguja me causaba mucha angustia.
Una vez, un amigo me comentó que las astillas se salían solas si uno las dejaba estar. Todo niño de ocho años sabe que sus amigos son expertos en la medicina, así que intentó seguir el tratamiento recomendado la próxima vez que me clavé una espina. Desafortunadamente, no funcionó. Mi dedo se inflamaba más y más, y la extracción terminó siendo mucho más dolorosa de lo que hubiera sido.
El pecado es así. Es una astilla en nuestra alma. Cuando alguien hace alguna maldad, escucha una voz interna que le dice: “Déjala estar. Saldrá por sí sola.” Pero no funciona. Cuando ocultamos nuestros errores y cargamos con la culpa, crecen como una llaga. En la Biblia, en el libro de los Salmos, el escritor dice: “Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo iba decayendo por mi gemir de todo el día, pues de día y de noche tu mano pesaba sobre mí. Como flor marchita por el calor del verano, así me sentía decaer. Pero te confesé sin reservas mi pecado y mi maldad; decidí confesarte mis pecados, y tú, Señor, los perdonaste.” (Salmo 32:3-5)
No podemos ocultar nuestros errores. Tenemos que sacarlos a la luz o nos tormentarán siempre. Nuestra consciencia no tendrá descanso. Cuando vamos a Dios, buscando Su perdón, El lo otorga rápidamente. El quiere perdonar. Sabe que lo que más necesitamos es confesar nuestros pecados, sacándolos de nuestro ser, para poder sanarnos.
En su carta bíblica, Santiago dice: “Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes.” (Santiago 4:8) Acércate a Dios, muéstrale esa astilla, confesando el pecado que tanto te pesa. El quiere quitarte esa carga. Si no sabes acercarte a Dios, queremos ayudarte. Comunícate con nosotros.
Bendiciones, gracia y paz,
Timothy Archer
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Apenas se escuchaban las voces, voces que provenían de no sabía dónde. Hacía calor en el campamento de jóvenes, y dormíamos con las ventanas abiertas. Otro muchacho y yo escuchamos los gritos al mismo tiempo; nos saltamos de la cama y nos vestimos rápidamente. Salíamos corriendo hacia el río cuando uno de los encargados nos paró.
—¿Adónde van?
—Al río. Alguien está pidiendo auxilio.
—Sí, ya sé. El río está crecido y están atrapados. Por el momento, no podemos hacer nada.
Esos gritos me persiguen hasta el día de hoy. Gracias a Dios, puedo contarles que se rescataron todas las personas que estaban clamando ayuda en ese momento; lamentablemente, ocho personas ya habían sido llevadas por el agua. Como nos dijo el encargado, no podíamos hacer nada.
Escucho gritos similares casi todos los días, pidiendo ayuda, pidiendo auxilio. El hombre que se trasladó a otro país con su señora, encontrándose solo cuando ella falleció de repente. La mujer que quiere dejar la relación ilícita que tiene con su patrón. La madre cuyos hijos le han rechazado, abandonando la casa. El joven que dice, “He sido tan malo, ¿cómo podré recibir el perdón?” Piden ser rescatados. Sus voces resuenan en la noche.
En cierto sentido, no puedo hacer nada para ellos tampoco. Yo no. Pero conozco a un Dios que si viene a rescatar a la gente, que ofrece esperanza a los desesperanzados. El sí puede hacer algo. Por causa de él, puedo escribir a estas personas y decir, “Existe una salida.”
Si no exploró el sitio de NuestraEsperanza.com, quiero invitarle a hacerlo. Investigue un poco, leyendo los artículos. La próxima vez que escucha un grito de auxilio espiritual, dígale que visite nuestro sitio. No para buscarnos a nosotros, sino para buscar al Dios que nos ama tanto que envió a su Hijo para que otros tuvieran esperanza. Dígales que dejen de poner su fe en los hombres y que se dejen rescatar.
Sí hay algo que puedo hacer para los que gritan en la noche. Puedo contarles del Dios que vendrá a rescatarlos.
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Publicado por: Timothy en Dios, tags: Dios
En la Argentina, existe un dicho: “En el campo, no hay ateos.” No voy a afirmar que sea cien por ciento cierto el dicho, pero sí sé que el hombre que está más cerca de la naturaleza tiene más probabilidad de ver la mano de Dios. La Biblia dice que la misma creación proclama la existencia de Dios.
“El cielo proclama la gloria de Dios; de su creación nos habla la bóveda celeste. Los días se lo cuentan entre sí; las noches hacen correr la voz. Aunque no se escuchan palabras ni se oye voz alguna, su mensaje llega a toda la tierra, hasta el último rincón del mundo.” (Psalms 19:1-4)
No hace falta leer la Biblia para saber que Dios existe. Solamente tenemos que mirar a nuestro alrededor.
Gracia y paz,
Timothy Archer
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