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Los Lazos que Nos Unen

Publicado por - Nov. 10, 2010 | categorías Comunidad, Familia

A mí me gusta mucho el fútbol internacional, sobre todo el Mundial. No me interesan mucho las distintas ligas que existen, pero los torneos internacionales me fascinan. Hay cierta emoción que los otros partidos no tienen.

Me acuerdo el Mundial de 1990. Vivía en Córdoba, Argentina. Nuestro ministerio tenía una oficina en el centro donde hablábamos con la gente en cuanto a la Biblia y el cristianismo. Siendo extranjeros, no tuvimos mejor idea que mantener la oficina abierta durante los partidos del Mundial, aunque no había nada de tráfico.

El 3 de julio, Argentina jugó con Italia en uno de los semifinales. Como no había nadie en la oficina, me escapé y fui al bar al lado. El lugar estaba lleno de gente, pero encontré una silla vacía. Todos mirábamos mientras los dos equipos lucharon, terminando en un empate al final de los dos tiempos. Nadie hizo gol en los tiempos extras y pasaron a los penales.

Intento tras intento, iban cambiando goles hasta que el arquero argentino terminó el partido con un hermoso atajo. El bar se llenó de regocijo. Me abrazaba con todos, aunque no conocía a nadie. No éramos desconocidos… formamos parte del equipo que jugaría el final del Mundial.

Es interesante ver los lazos que se crean con los deportes. Personas que no se conocen llegan a tratarse como viejos amigos por tener intereses comunes.

Mientras vivía aquí en la tierra, Jesucristo habló con sus discípulos acerca de algo parecido. Les dijo: “Les aseguro que cualquiera que por mi causa y por aceptar el evangelio haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o terrenos, recibirá ahora en la vida presente cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones; y en la vida venidera recibirá la vida eterna.” (Marcos 10:29-30)

En mi vida, he visto que lo que Jesús dijo es muy cierto. Dios me ha permitido viajar mucho, y en todas partes del mundo he encontrado una casa y una familia. Personas que yo no conocía me dieron dónde dormir, dónde comer y me hicieron sentir como parte de la familia.

Ese sentido de comunidad que viví en aquel bar en Córdoba duró muy poco. Pasó la euforia y nos fuimos cada uno por su lado. Pero los lazos que se crean entre el pueblo de Dios no desaparecen nunca. Los cristianos no somos perfectos, y a veces no nos tratamos de la forma que debemos. Pero somos familia.

Has sido invitado a formar parte de esa familia. Dios te quiere adoptar. Quiere darte la vida eterna, una vida en familia. Lo único que tienes que hacer es aceptarlo.



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