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Llama a la puerta

Publicado por - Jun. 29, 2010 | categorías Dios

“Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos. (Apocalipsis 3:20)

Mira, yo estoy llamando a la puerta …

Es un proceso lento. Raras veces uno deja a Dios todo de golpe. Como una brasa que se apaga de a poco en un hogar, la fe desaparece de a poco y se reemplaza con el cinismo o, peor, con la apatía. En vez de tomar la decisión de no creer en Dios, muchas personas simplemente dejan de preocuparse por la existencia de Dios.

Yo estoy llamando a la puerta …

De igual manera, el pecado es un proceso gradual. Empieza con la tentación, como el dinero que queda al descuido en la tienda o la compañera de trabajo que nos presta mucha atención. Nuestros pensamientos enfocan esa tentación hasta que nazca el deseo. Un pecado pequeño se convierte en pecado grande, lo cual se convierte en estilo de vida. Nos despertamos y ni reconocemos la persona que hemos llegado a ser.

Si alguien oye mi voz …

Aun cuando nos damos por vencidos, Dios sigue creyendo en nosotros. Llama. Nos busca. Nos persigue. Acuérdate, este pasaje en Apocalipsis fue escrito a creyentes. Personas que conocían a Dios, pero que se habían extraviado. Como pastor que busca a su cordero perdido, Dios sale a la búsqueda de su gente.

Si alguien oye mi voz y abre la puerta …

Dios quiere estar de nuevo en nuestras vidas, pero no nos va a obligar a nada. Tenemos que abrir la puerta. Tenemos que responder a su llamada. Tenemos que decir, “Sí, yo quiero que estés en mi vida de nuevo.” Dios es el Creador Todopoderoso, pero ama tanto a sus hijos que sale a buscarlos. Los ama tanto que les da la posibilidad de escoger su destino. Busca. Llama. Nosotros tenemos que abrir la puerta.

Entraré en su casa …

Es lo que Dios quiere. Quiere estar en relación con nosotros, aun cuando nos hemos extraviado, aun cuando hemos hechos cosas que nos dan vergüenza. Ningún pecado es demasiado grande. Ninguna distancia es demasiado lejos. No existe puerta que no puede abrirse. Solamente tenemos que volver a él y abrir la puerta.

Entraré en su casa y cenaremos juntos.

Comer juntos es muy personal. El Señor del Universo quiere sentarse a la mesa con nosotros. Quiere tener una relación de amor con nosotros. Busca. Llama. Y espera que abramos la puerta.

“Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos. (Apocalipsis 3:20)

Abre la puerta. Déjalo entrar. Borrará tu pasado y te dará un nuevo comienzo.


Jesús tiene lo que necesitas

Publicado por - Jun. 21, 2010 | categorías Jesucristo

Cerca del final del primer siglo, la ciudad de Laodicea era un próspero centro comercial. Era una ciudad muy rica, una de las pocas municipalidades que rechazaron la ayuda del gobierno romano después del terremoto fuerte que sacudió la zona. Era un centro bancario al nivel mundial. La ropa que se fabricaba en Laodicea se vendía en todas partes del imperio, sobre todo las preciosas prendas de lana negra. Ubicada en la unión de tres rutas comerciales, la ciudad estaba en un sitio ideal para el comercio.

Además, una de las mejores escuelas de medicina se encontraba en Laodicea, famosa por el tratamiento de enfermedades ópticas. Ahí se preparaba un ungüento para los ojos que se enviaba a tierras lejanas.

Los de Laodicea tenían motivo de ser orgulloso, y parece que lo eran. Por eso, las palabras de Jesús a los cristianos en aquella ciudad habrán golpeado fuerte:

“Pues tú dices que eres rico, que te ha ido muy bien y que no te hace falta nada; y no te das cuenta de que eres un desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por eso te aconsejo que de mí compres oro refinado en el fuego, para que seas realmente rico; y que de mí compres ropa blanca para vestirte y cubrir tu vergonzosa desnudez, y una medicina para que te la pongas en los ojos y veas.” (Apocalipsis 3:17-18).

¡Qué duro! Aunque Laodicea era famosa por su riqueza, Jesús les dice a los cristianos que son pobres. A los fabricantes de ropa negra, les dice que necesitan comprar la ropa blanca que él provee. A pesar de su fama en el tratamiento de problemas de ojos, Jesús les dice que son ciegos, necesitando la medicina que él puede dar.

¿Qué me diría a mí? ¿Cuáles puntos de orgullo señalaría, mostrando las fallas que tengo en lo que yo percibo como puntos fuertes? ¿Qué diría de mis posesiones, mis logros, mi jactancia? ¿Qué diría de mi autosuficiencia?

Yo sé lo qué diría. La verdad. Jesús ve mi yo verdadero. No ve la máscara que presento al mundo. Me ve a mí. Me conoce a mí.

Te conoce a ti también. Puedes engañar a todos lo que te rodean, pero Jesús te ve como eres de verdad. Sabe lo que necesitas. Yo no puedo conocerte perfectamente, pero puedo decirte que Jesús tiene lo que necesitas. Puede eliminar tu pobreza espiritual, cubrir tu desnudez emocional, sanar tu ceguera interior.

La gente de Laodicea necesitaba a Jesús. Les hacía falta lo que él tenía para ofrecerles, aunque no lo sabían. Aunque no lo sepas, tú lo necesitas también. Tal como yo. Que lo busquemos juntos.

Gracia y paz,
Timothy


¿Caliente, frio o tibio?

Publicado por - Jun. 07, 2010 | categorías Pasión

La antigua ciudad de Laodicea tenía un problema con el agua. El problema era que no había agua. Por lo menos, no había dentro de la ciudad. Había aguas termales a unos 10 kilómetros, cerca de la ciudad de Hiérapolis. Esa agua no era potable y carecía de calor al transportarse a Laodicea. A más o menos la misma distancia, en dirección opuesta, se encontraban las manantiales de Denizli. Esa agua fresquita se entibiaba al llevarse a Laodicea por los acueductos, resultando ser una bebida desagradable. La única agua disponible era agua tibia.

Cuando Jesús se dirigió a los cristianos de esta ciudad, en el libro de Apocalipsis, usó un ejemplo que ellos entenderían muy bién: “Yo sé todo lo que haces. Sé que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero como eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.” (Apocalipsis 3:15-16) Es un imagen desagradable para describir una condición desagradable: cristianos sin pasión, que habían perdido su lealtad a Cristo.

Lamentablemente, el mundo ha visto muchos cristianos así. Mohandas Gandhi dijo: “Me gusta tu Cristo. No me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo.” Al agnóstico Sheldon Vanuaken escribió:

El mejor argumento para el cristianismo son los cristianos: su gozo, su certeza, su plenitud. Pero el argumento más fuerte en contra del cristianismo también son los cristianos—cuando son austeros y sombríos, cuando pretenden ser mejores que uno en su consagración, cuando son estrechos y reprimidos, entonces el cristianismo muere mil muertos.

Si Ud. no es cristiano y solamente ha visto el cristianismo tibio, le ruego que mire de nuevo. Hay cristianos que han vencido esta apatía perpetua. Saben que ser cristiano no se trata de asistir una reunión a cierta hora. Es una forma de vida. Como dijo Vanuaken, tales cristianos son el mejor argumento a favor del cristianismo.

Si Ud. es cristiano, pero se encuentra con una fe tibia, quiero animarle a que vuelva a lo básico. Dedíquese al estudio bíblico y la oración. Hágase miembro activo de alguna iglesia. Conéctese con Dios cada semana, tomando la Cena del Señor.

A nadie le gusta lo tibio. Nadie quiere estar tibio. Y nadie quiere que Jesús los vomite de su boca. Busquemos la pasión en nuestras vidas espirituales.



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