¿Qué me impide?
Publicado por Timothy Archer - mar. 06, 2009 | categorías Bautismo
Había viajado más de 1500 kilómetros. Bajo el calor. Por caminos de tierra. Era etíope, convertido al judaísmo. Había ido desde Etiopía a Jerusalén para adorar. Había ido a Jerusalén para visitar el templo. Y no lo dejaron entrar.
Era eunuco. Hombre castrado. Según la ley de Moisés, ningún eunuco podría entrar en el templo. Mil quienientos kilómetros para que le digan que “No” en la entrada. Quizás lo sabía de antemano. Quizás había aceptado su suerte antes de emprender el viaje, estando dispuesto a contemplar el templo desde afuera. No lo sabemos, pero de todos modos, habrá sido frustrante.
Ahora, en el viaje a casa, está leyendo del libro de Isaías. Ese hecho en sí es sorprendente, dado la escasez de libros en tiempos antiguos. Habrá pagado mucho dinero para poder tener su propia copia de esta porción de las Escrituras. Quizás alguien le hubiera recomendado el libro de Isaías. El capítulo 56 habrá sido un capítulo preferido por los eunucos, donde leemos: “Porque el Señor dice: “Si los eunucos respetan mis sábados, y si cumplen mi voluntad y se mantienen firmes en mi alianza, yo les daré algo mejor que hijos e hijas; les concederé que su nombre quede grabado para siempre en mi templo, dentro de mis muros; les daré un nombre eterno, que nunca será borrado.” (Isaías 56:4-5) Algún día, tendrían su lugar en el templo.
Pero este eunuco no está leyendo ese capítulo. Está leyendo en el capítulo 53—““Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan. Se lo llevaron injustamente, y no hubo quien lo defendiera; nadie se preocupó de su destino. Lo arrancaron de esta tierra, le dieron muerte por los pecados de mi pueblo.” (Isaías 53:7-8) Tales palabras le hubieran impactado, sobre todo en este viaje: maltratamiento, injusticia, sin descendencia. Las palabras le intrigaron. Cuando Felipe apareció y preguntó si entendía lo que leía, el eunuco confesó que no.
Felipe le explicó el pasaje, explicando las buenas noticias de Jesús. En esa explicación, Felipe habló del bautismo. El nuevo nacimiento. Un nuevo comienzo. Una nueva vida. Pero el eunuco sabía lo que le esperaba, entonces hizo la pregunta: “Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?” Adelante, Felipe. Dime las malas noticias. Yo lo viví en el templo. Llevo años viviéndolo. Dime. Ya lo sé. Estas noticias no son para eunucos. ¿Qué me impide? Me cuerpo mutilado. O mi nacionalidad. ¿Cuál es el problema esta vez?
La Biblia no nos dice cuál fue la respuesta de Felipe. Quizás no hizo falta decir nada. Quizás Felipe gritó con alegría: “¡Absolutamente nada!” Quizás se notaba en su cara. Lo que haya sido, el eunuco aprendió que no había ningún obstáculo esta vez, ningún impedimento, ningún cartel de “Prohibida la entrada a eunucos.” El camino a la vida estaba libre de obstáculos. Está libre de obstáculos, hasta el día de hoy.
¿Qué me impide? Absolutamente nada.


