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¿Qué dirán cuando no estés?

Publicado por - Mar. 25, 2009 | categorías Muerte

Había dos hermanos en un pueblo que eran los hombres más ricos del lugar. También eran los más malvados e inmorales. Cuando uno de ellos murió, el otro fue al predicador de la iglesia local y le pidió que hiciera el funeral. Le dijo que donaría $25,000 a la iglesia si el predicador decía que su hermano fue un santo. “¡Pero no puedo hacer eso!” dijo el predicador, “Todo el mundo sabe la clase de hombre que fue su hermano.” Pero al pensarlo más se dio cuenta de que la iglesia necesitaba ese dinero. Así que el día del funeral se levantó y dijo, “Este hombre era un mentiroso, tramposo, ladrón, y malvado. Pero comparado con su hermano, era un santo.”

Algún día, cuando ya no estemos, alguien va a tener que decir unas palabras en cuanto a nosotros y nuestra vida. Cuando lo haga, ¿será una tarea fácil o difícil? ¿Le costará encontrar algo bueno para decir o le costará elegir entre tantas historias edificantes que se relatan de ti?

Recuerdo cuando estudiaba en Abilene Christian University, que había un predicador que predicó un sermón funeral que se hizo famoso. Salió en todos los periódicos del país. Jim Dotson fue el predicador en la Iglesia de Cristo en Brookwood Way en Mansfield, Ohio. Su sermón fue grabado en video y aún se puede ver en la biblioteca de ACU. El sermón de Dotson no se hizo famoso por su contenido ni por la destacada presentación (aunque dadas las circunstancias, la presentación fue destacada). El sermón funeral de Dotson se hizo famoso porque él predicó su propio funeral. Muriendo de cáncer, él mismo grabó el sermón que sería presentado en su propio funeral. Habló como los crisitianos hemos vencido a la muerte.

Es destacable predicar el propio funeral. Bueno, lo es y no lo es. Es notable grabarse a sí mismo hablando para que todos escuchen las palabras exactas que quieres que escuchen. Pero el hecho es que todos predicamos nuestro propio sermón funeral. Lo hacemos por la manera en que vivimos. No importa lo que el predicador diga en el servicio mismo, nuestra vida dejará su propio testimonio, para bien o para mal.

Asi que, ¿cómo suena tu sermón hasta ahora? Está lleno de humor e historias, pero poco contenido? ¿Es un ejemplo brillante de lo que todos querrían que fuera su vida? O, para tomar prestada una frase de un calendario que vi, ¿es  el propósito principal de tu vida servir de advertencia a otros?

Como predicador, te pediría un favor. Haz nuestro trabajo un poco más facil. No hagas que tengamos que buscar y revoler para encontrar algo bueno que decir cuando llegue el final. No nos hagas dificil encontrar las palabras de consuelo para los que quedan atrás. Vive de manera tal que tu funeral sea una celebración de triunfo, un recuerdo gozoso de una vida bien vivida.

Comienza a trabajar en tu sermón hoy.


¿Qué me impide?

Publicado por - Mar. 06, 2009 | categorías Bautismo

eunuchHabía viajado más de 1500 kilómetros. Bajo el calor. Por caminos de tierra. Era etíope, convertido al judaísmo. Había ido desde Etiopía a Jerusalén para adorar. Había ido a Jerusalén para visitar el templo. Y no lo dejaron entrar.

Era eunuco. Hombre castrado. Según la ley de Moisés, ningún eunuco podría entrar en el templo. Mil quienientos kilómetros para que le digan que “No” en la entrada. Quizás lo sabía de antemano. Quizás había aceptado su suerte antes de emprender el viaje, estando dispuesto a contemplar el templo desde afuera. No lo sabemos, pero de todos modos, habrá sido frustrante.

Ahora, en el viaje a casa, está leyendo del libro de Isaías. Ese hecho en sí es sorprendente, dado la escasez de libros en tiempos antiguos. Habrá pagado mucho dinero para poder tener su propia copia de esta porción de las Escrituras. Quizás alguien le hubiera recomendado el libro de Isaías. El capítulo 56 habrá sido un capítulo preferido por los eunucos, donde leemos: “Porque el Señor dice: “Si los eunucos respetan mis sábados, y si cumplen mi voluntad y se mantienen firmes en mi alianza, yo les daré algo mejor que hijos e hijas; les concederé que su nombre quede grabado para siempre en mi templo, dentro de mis muros; les daré un nombre eterno, que nunca será borrado.” (Isaías 56:4-5) Algún día, tendrían su lugar en el templo.

Pero este eunuco no está leyendo ese capítulo. Está leyendo en el capítulo 53—““Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan. Se lo llevaron injustamente, y no hubo quien lo defendiera; nadie se preocupó de su destino. Lo arrancaron de esta tierra, le dieron muerte por los pecados de mi pueblo.” (Isaías 53:7-8) Tales palabras le hubieran impactado, sobre todo en este viaje: maltratamiento, injusticia, sin descendencia. Las palabras le intrigaron. Cuando Felipe apareció y preguntó si entendía lo que leía, el eunuco confesó que no.

Felipe le explicó el pasaje, explicando las buenas noticias de Jesús. En esa explicación, Felipe habló del bautismo. El nuevo nacimiento. Un nuevo comienzo. Una nueva vida. Pero el eunuco sabía lo que le esperaba, entonces hizo la pregunta: “Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?” Adelante, Felipe. Dime las malas noticias. Yo lo viví en el templo. Llevo años viviéndolo. Dime. Ya lo sé. Estas noticias no son para eunucos. ¿Qué me impide? Me cuerpo mutilado. O mi nacionalidad. ¿Cuál es el problema esta vez?

La Biblia no nos dice cuál fue la respuesta de Felipe. Quizás no hizo falta decir nada. Quizás Felipe gritó con alegría: “¡Absolutamente nada!” Quizás se notaba en su cara. Lo que haya sido, el eunuco aprendió que no había ningún obstáculo esta vez, ningún impedimento, ningún cartel de “Prohibida la entrada a eunucos.” El camino a la vida estaba libre de obstáculos. Está libre de obstáculos, hasta el día de hoy.

¿Qué me impide? Absolutamente nada.



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