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Acercarnos

Publicado por - Aug. 26, 2008 | categorías Adoración

En distintos momentos de mi vida, distintos aspectos de mi fe cristiana salen a la luz. Estoy convencido de que es el Espíritu Santo que me guía a considerar diferentes partes de la verdad de Dios.

Ultimamente he considerado el concepto de acercarnos a Dios. Me doy cuenta de que a menudo mi cristianismo puede ser muy racional, mecánico. Puedo reunirme con mis hermanos y cantar y estudiar y orar, sin poner mucha atención a mi relación con Dios.

En el Antiguo Testamento, los judios tenían una representación física de la presencia de Dios: el tabernaculo (y más tarde el templo) que contenía el Arca del Pacto, símbolo del trono de Dios. Ese tabernáculo tenía un Lugar Santo, donde sólo los sacerdotes entraban, y un Lugar Santísimo, donde sólo el sumo sacerdote entraba sólo una vez al año. En el Lugar Santísimo se encontraba el Arca.

Una de las maravillas del cristianismo es que se nos ha dado acceso a ese Lugar Santísimo, ese lugar especial donde Dios mora. El escritor de Hebreos expresa: “Hermanos, ahora podemos entrar con toda libertad en el santuario gracias a la sangre de Jesús, siguiendo el nuevo camino de vida que él nos abrió a través del velo, es decir, a través de su propio cuerpo. Tenemos un gran sacerdote al frente de la casa de Dios. Por eso, acerquémonos a Dios con corazón sincero y con una fe completamente segura, limpios nuestros corazones de mala conciencia y lavados nuestros cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:19-22). ¿Podemos de verdad apreciar la maravilla de esto, el increíble privilegio de poder acercarnos a Dios? Nosotros, humanos, simples criaturas del gran Creador, podemos ahora acercarnos con confianza al trono del gran Yo Soy. Pablo, hablando de Cristo, dice:“Y en Cristo tenemos libertad para acercarnos a Dios,
con la confianza que nos da nuestra fe en él
” (Efesios 3:12).

Quiero acercarme a Dios. Quiero que el tiempo que paso adorando con mis hermanos sea un tiempo que me lleva al mismo trono de Dios. “Acerquémonos, pues, con confianza al trono de nuestro Dios amoroso, para que él tenga misericordia de nosotros y en su bondad nos ayude en la hora de necesidad,” dice el escritor de Hebreos en 4:16. Como hijo de Dios, ahora puedo ir a El con confianza, entregándole todas mis cargas. Puedo buscar su rostro y perderme en El.

¿Y si todos viniéramos con la meta de acercarnos más a Dios? No marcando una lista de cosas que obedecer, no cumpliendo con una obligacián, sino reunirnos para acercarnos a Dios. ¿Que pasaría si nuestras reuniones de adoración se conviertieran en reuniones de….adoración?

Quiero salir de las reuniones sabiendo que he adorado a Dios, que toda mi fuerza, corazon, mente y alma han sido dados a El en alabanza.

Es irónico que no tenemos problemas con el ser fanáticos de los deportes mientras resistimos la idea de ser fanáticos de Dios. Podemos sentir pasión por un gol y ser tan pasivos en cuanto a nuestro Señor y Salvador. Tomemos un poco de la energía que damos a nuestro equipo preferido ¡y se la
demos a Dios!

Quiero salir de la adoración cansado, sintiendo como luego de un examen muy largo en la escuela. No quiero más cantar en forma mediocre, ni orar con la mente dispersa, ni hacer más promesas falsas de devoción.
Quiero adorar a Dios con todo mi ser. Quiero buscarlo mientras pueda ser encontrado, aprender a adorarle como lo haré por el resto de la eternidad. Renovemos nuestra pasión por el Señor. Recuerda lo que Pablo dijo en Romanos 12:11:“Esfuércense, no sean perezosos y sirvan al Señor con corazón ferviente.” Si alguien te dijo que nuestra adoración no debe ser emocional, estaba equivocado. El fervor y el celo se tratan de emociones. Dios quiere que le adoremos en Espíritu y en verdad, con todo nuestro ser.

Entonces ponte una meta para tus próximas alabanzas. Ven listo para buscar a Dios, para acercarte a El, para ayudar a los demás a hacer lo mismo. Pongamos nuestra energía mental y física en nuestra adoración, enfocándonos en Dios, el objeto de nuestra adoración.

Si hacemos esto, quizás nos sorprendan los cambios que se darán en nuestras vidas.


¿Es eso una paja en tu ojo?

Publicado por - Aug. 22, 2008 | categorías Comunión, Criticar

¿Alguna vez has notado lo fácil que es descubrir las faltas de otros? Puedo ver tan claramente cuando alguien está equivocado. Y honestamente, no sólo es fácil, sino también divertido. Parte de mí disfruta secretamente (a veces no tan secretamente) ver en qué se equivocan los demás. Debería agregar que no sólo es fácil y divertido… a menudo es pecado. La Biblia no dice muchas cosas buenas del que se sienta a ver las faltas de otros. De hecho, Jesús lo llamó hipocresía. Escucha Sus palabras: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.” (Mateo 7:3-5) Es fácil y divertido señalar las fallas de otros, pero difícil y no placentero tener que enfrentar nuestros propios errores. Pablo escribió: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.” (Romanos 2:1) Cada uno es llamado a evaluar su propia obra, no la de su hermano (Gálatas 6:4)

Una de las cosas más tristes en el cristianismo de hoy son las publicaciones en las que algunos hermanos se sienten con la obligación de decirle al mundo lo que otros hermanos están haciendo mal. Esta práctica está muy lejos de lo que hicieron los escritores del Nuevo Testamento. Mira el libro de Gálatas, un libro que escribió Pablo con mucha emoción al enfrentar falsas enseñanzas. Pablo nunca llama a los falsos maestros por nombre. ¡Ni una sola vez! Y Pablo escribió a los gálatas en cuanto a los problemas de la iglesia en Galacia, no los problemas de la iglesia en Corinto. Si Pablo escribiera hoy a nuestra congregación, no sería para advertirnos en cuanto a lo que alguna iglesia está haciendo en otra ciudad; sería para advertirnos en cuanto a los problemas que tenemos aquí.

Pero he aquí lo irónico: aún mientras escribo estas líneas, me acerco a caer en la tentación de hacer lo mismo. Cuando veo el nombre de ciertos autores, suspiro por dentro. “¡Oh, no!” pienso, “Otra denuncia sin amor en contra de hermanos en Cristo.” ¿Y ves lo que estoy haciendo? Estoy mostrando el mismo espíritu de juicio sin amor que estoy condenando en ellos.

Pienso en la iglesia en Efeso de la cual habló Jesús en Apocalipsis 2. Trabajaban duro, eran celosos, defendían la sana doctrina y eran enemigos de falsos maestros. Y estaban a punto de perder su derecho de ser llamados iglesia del Señor. ¿Por qué? Porque habían perdido su amor. Si no recuperaban ese amor, Cristo los iba a desheredar.

Reconozco que soy llamado a corregir a mi hermano cuando lo veo en error. Pero, debo hacerlo con amor y humildad, reconociendo que yo también estoy siguiendo a mi Señor imperfectamente. Somos llamados a hablar la verdad, pero en amor (Efesios 4:15). Nuestro hablar debe tener verdad y debe tener amor, o no es cristiano.

Busquemos el bien de otros hoy y cada día.


La Gracia y Las Obras

Publicado por - Aug. 19, 2008 | categorías Buenas obras, Dios, Gracia, Pecado, Perdón

Efesios 2:1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.

Se cuenta la historia de un hombre que quería ilustrar lo que es la gracia. Formó un círculo derramando combustible en el suelo y lo encendió. Luego puso una lombriz dentro del círculo. La lombriz buscó alejarse del calor, pero cada movimiento la llevaba más cerca. Al fin se quedó quieta y se resignó a morir. En ese momento, el hombre la sacó del círculo, miró a la audiencia y dijo, “Eso es gracia.”

Pero la ilustración en realidad no alcanza. La Biblia dice que estábamos muertos sin Cristo. Muertos en nuestros pecados. No sólo no teníamos esperanza, sino que tampoco podíamos hacer nada.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

La gracia de Dios nos alcanzó cuando ya no podíamos alcanzarlo a El. ¿Por qué? Por el gran amor de Dios. Nos salvó, no por nuestra bondad, sino por Su bondad.

No sólo nos salvó de la muerte, sino que ahora nos trata como realeza, dándonos un lugar de honor junto a Su Hijo. A nosotros, que en realidad merecíamos la muerte, no sólo se nos ofrece la remisión, sino que somos elevados más allá de nuestra imaginación.

8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe

Si hay algo que Dios no tolera, es el orgullo humano. Continuamente obra de manera que la única posibilidad de gloriarse sea por Dios y Sus obras maravillosas. Por esto, nuestra salvación es independiente de nuestras obras. Somos salvos por la gracia de Dios, por la fe. Es una fe activa y obediente, pero es fe. No podemos hacer nada para ganarnos la salvación; somos salvos por la gracia de Dios.

10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Y esta es la ironía: no somos salvos por las obras sino para hacer obras. Si nuestras obras pudieran darnos salvación, podríamos presentarnos ante Dios y gloriarnos de nuestros logros. Pablo escribe en Romanos 4:2: “Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. ” Si la salvación no fuera por gracia, en el día final el hombre se presentaría ante Dios y se gloriaría por lo que ha hecho. Pero, como Pablo escribió a los romanos: “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.” (Romanos 3:27)

Algunos temen que predicar sobre la gracia va a hacer que la gente tenga una fe inactiva. Pero como leemos en Efesios 2, quienes hemos sido salvados por fe hemos sido salvados para que podamos dedicarnos a hacer buenas obras. El hombre que se da cuenta de la enormidad de lo que Dios ha hecho por él puede responder con una fe activa. Pablo lo describe así:

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. ” (I Corintios 15:10).

Una vez que comprendemos que la salvación de Dios es un don maravilloso que nunca se puede comprar, sino que el hombre debe recibir, entonces podemos comenzar a servirle con un corazón puro. Nuestro servicio no es un intento por obtener algo de El, es un intento de responder a lo que se nos ha dado gratuitamente.


Llegar a la meta

Publicado por - Aug. 12, 2008 | categorías La meta, Sufrimiento

pileta
Tenía unos 9 años. Estaba aprendiendo natación en una pileta municipal. Llegó el día en que me tomaban la prueba para ver si pasaría al curso intermedio. Eramos unos 15 que teníamos que cruzar la pileta y volver, haciendo distintos ejercicios en el camino. Veía que mis compañeros fracasaban, uno por uno. Luego me tocaba a mí fracasar, es decir, me tocaba intentar aprobar el examen. Estaba a la mitad de la pileta cuando sentí un ardor que me señalaba que me había entrado agua clorada en mi nariz. Paré de inmediato y fui a la orilla, dando por terminado el examen.

Uno de los instructores estaba ahí, un estudiante universitario con pelo largo. “¿Por qué paraste?” me gritó, con muy poca compasión.

“Me entró agua en la nariz,” fue mi explicación.

Y en ese momento ese joven desaliñado me enseñó una lección importante, sin querer. Se me asomó y me gritó: “¿Y qué?”

¿Y qué? Me sorprendió la pregunta. Me parecía lógico que la respuesta al dolor era eliminar lo que provocaba el dolor. Mi cerebro con sus 9 años no había captado el hecho de que una meta significante vale la pena lograr aunque tengamos que pasar por incomodidad para lograrla. Dándome cuenta de esa verdad, no encontraba razón por no terminar el examen. De hecho, lo hice con facilidad en mi próximo intento. Al verme hacerlo, casi todos los demás lo hicieron también.

A veces creo que Jesús dice “¿Y qué” con ternura al ver las cosas que me parecen tan importantes. Los obstáculos, las pruebas, las barreras que aparecen por mi camino no pueden compararse con la meta que me espera. El apóstol Pablo escribió: “Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después.” (Romanos 8:18) El plan de Dios para nosotros no es eliminar todo sufrimiento de nuestras vidas sino de enseñarnos a mirar más allá. Cuando Pablo y su compañero Bernabé visitaban las iglesias que habían comenzado, dijeron a los nuevos cristianos: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” (Hechos 14:22). La noche antes de su crucifixión, Jesús les dijo a sus discípulos: “Les digo todo esto para que encuentren paz en su unión conmigo. En el mundo, ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33).

Si Ud. no es cristiano, debe saber que el camino no siempre será fácil en la vida cristiana. Pero le aseguro que la meta vale mucho más que cualquier dificultad que podamos encontrar. Tenemos que vivir la vida con los ojos puestos en la meta.



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