Blog

La Vida

Publicado por Timothy Archer - abr. 22, 2008 | categorías Fe, Vida eterna

Jim Eliot había decidido ir a Ecuador como misionero, llevando el evangelio a los indígenas que nunca habían escuchado de Jesucristo. Desafortunadamente perdió su vida en este esfuerzo, asesinado por los mismos indios a quienes quería enseñar. Sin embargo, más tarde su viuda, Elisabeth, pudo ir a esos mismos aborígenes y enseñarles de Jesús.

Años antes de ir a Ecuador, Jim había escrito en su diario unas palabras intrigantes: “No es ningún tonto el que da lo que no puede retener para ganar lo que no puede perder. ”Si lo piensas, es un dicho con mucho poder. No es tonto renunciar a esta vida (que no podemos retener) para ganar la que no podemos perder (la vida eterna). Lo que tengamos que hacer en esta vida para obtener la vida eterna ciertamente vale la pena.

Jesús lo afirmó en términos más fuertes. No sólo no es tonto renunciar a esta vida para obtener la vida eterna, es necesario. Escucha cómo Lucas lo explica: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará. Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?” (Lucas 9:23-25). Jesús dijo que la única manera de salvar nuestra vida es perdiéndola. Es decir, la única manera de obtener la vida eterna es soltando esta vida.

Jesús describe este proceso como “cargar la cruz.” En el primer siglo, cuando un hombre cargaba una cruz, iba en camino a su propia ejecución. Los romanos obligaban a los condenados a llevar su propia cruz hasta el lugar de crucifixión. Un hombre llevando una cruz era un “hombre muerto caminando.”

El apóstol Pablo escribió: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8:18). En otra carta, escribió: “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más exce-lente y eterno peso de gloria;” (2 Corintios 4:17). Lo que está diciendo es que cualquier sufrimiento que pasemos en esta vida no es nada comparado con una eternidad en la presencia de Dios. Piensa en esto. ¿Qué tal si pudiéramos trazar una línea extendida por toda la eternidad? (Obviamente imposible, pero usa tu imaginación). En esa línea sin fin, ¿cuánto espacio dedicaríamos a nuestra vida en la tierra? Si dibujáramos el punto más ínfimo, un simple punto en esa línea, sería demasiado grande. Esta vida no es nada comparada con la que viene.

Desafortunadamente, estamos abrumados por lo que vemos y sentimos a nuestro alrededor. Hay un dicho en Argentina: “Mas vale malo conocido que bueno por conocer.” Conocemos esta vida y nos es familiar. Parece ser la vida verdadera; una vida eterna parece una fantasía. Esta vida y las cosas de este mundo nos pueden dominar tanto que podemos olvidarnos que esta vida no es nada comparada con la que viene. Alguien escribió una parábola para ilustrar esto:

Había una vez unos mellizos concebidos en el mismo vientre. Pasaron las semanas y se iban desarrollando. Al ir creciendo en conciencia, reían de gozo: “¿No es maravilloso que fuimos concebidos? ¿No es grandioso estar vivos?”

Juntos, los niños exploraron su mundo. Cuando encontraron el cordón umbilical que les daba la vida, cantaron felices: “Qué grande que es el amor de nuestra madre, que comparte su propia vida con nosotros!”

Al pasar los meses, notaron cuánto habían cambiado. “¿Qué significa esto?” preguntó uno. “Significa que nuestra estadía en este mundo se acaba,” dijo el otro. “Yo quiero quedarme aquí siempre, no me quiero ir,” dijo el primero. “No tenemos opción,” dijo el otro. “¡Pero quizás haya vida después del alumbramiento!”

“Pero, ¿cómo puede ser? Se nos caerá el cordón, y ¿cómo es posible la vida sin él? Además, hemos visto evidencia de que hubo otros aquí y ninguno ha regresado para decirnos para decirnos que hay vida después del nacimiento. No, este es el fin.”

Entonces aquel se deprimió diciendo, “Si la concepción, termina con el nacimiento, ¿cuál es el propósito de la vida en el vientre? No tiene significado. Quizás ni siquiera haya madre tampoco.” “Pero tiene que haber,” protestó el otro. “¿De qué otra manera llegamos aquí? ¿Cómo permanecemos vivos?

“¿Alguna vez has visto a nuestra madre?” dijo uno. “Quizás vive sólo en nuestras mentes. Quizás la inventamos, porque nos hacía sentir bien.

Y así los últimos días en el vientre fueron llenos de cuestionamientos y temor.

Finalmente llegó el momento del naci-miento. Cuando los mellizos pasaron de su mundo, abrieron sus ojos. Lloraron. Porque lo que vieron había excedido sus más grandes sueños.

Gracia y paz,
Timothy Archer

:, ,

No hay comentarios...

Escribe un comentario


Copyright © 2010 - Hope For Life: Todos los derechos reservados

Mapa del Sitio | Contáctanos